La paradoja de los frágiles

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Aquilino Polaino-Lorente era mi amigo. Falleció el pasado 25 de septiembre, después de luchar contra su propia fragilidad física. En los años setenta del siglo pasado compartimos tareas docentes universitarias, aunque nuestras especialidades académicas eran muy distintas. Poseía una autoridad natural, sabía argumentar con precisión y no se callaba ante ningún atropello. Expresaba sus opiniones costase lo que costase. Por aquellos años luchaba por conseguir una plaza fija en la Universidad Complutense de Madrid en un sistema muy diferente del actual: seis ejercicios, el quinto de ellos -una prueba práctica- disputado a cara de perro frente a otros opositores.

Médico de formación, se especializó en psiquiatría, disciplina que completó con estudios de psicología, provocando cierto estupor entre los más puristas. Más adelante incorporó una tercera vertiente a su formación académica: la licenciatura en Filosofía.

Su inquietud intelectual lo llevó también fuera de España, donde amplió su formación mediante estancias de investigación becadas en Viena, California y el Instituto Max Planck de Psiquiatría, en Múnich. Entre sus maestros y referentes figuraron personalidades como Juan José López Ibor, Juan Antonio Vallejo-Nájera, Viktor Frankl y Carlo Caffarra.

Instituto Max-Plank de Psiquiatría en Munich

Con el paso de los años fue reuniendo a su alrededor un equipo de profesionales de la psiquiatría, a quienes impulsó en sus primeros trabajos de investigación y tesis doctorales. Compartió con ellos su interés por cuestiones que entonces habían recibido todavía escasa atención en España: el autismo infantil, las depresiones durante la infancia y la adolescencia, la anorexia, el suicidio juvenil, la hiperactividad, el déficit de atención y los problemas relacionados con la adopción. Todos ellos asuntos de indudable importancia para la vida personal y la estabilidad familiar.

Su producción intelectual fue extraordinariamente extensa: más de cuatrocientas publicaciones que abarcan desde tratados generales de psicopatología hasta estudios y colaboraciones en obras colectivas en las que abordó cuestiones antropológicas estrechamente relacionadas con su especialidad.

Aquilino me enseñó a estudiar con intensidad -me pidió que lo acompañara para poder estudiar siete horas seguidas-. Me aconsejó presentarme a una oposición, algo que nunca se me había pasado por la cabeza, pero… Y, en tercer lugar, me abrió las puertas a la gran aventura de tomarme el cristianismo en serio. Y me lo tomé.

Para recordar la figura intelectual y científica de Aquilino he tomado como punto de partida un libro-entrevista. Este libro tiene una particularidad interesante: no es un tratado de psiquiatría ni un ensayo convencional, sino una extensa conversación entre el periodista Álvaro Sánchez León y el psiquiatra Aquilino Polaino-Lorente, realizada después de que este último se jubilara tras 45 años de ejercicio profesional. A través de más de cien preguntas, Polaino reflexiona sobre la salud mental, la familia, la educación, el sufrimiento, la felicidad, la libertad y el sentido de la existencia. La idea que atraviesa el libro es que la fragilidad no constituye una anomalía de la condición humana, sino una de sus características fundamentales. Reconocerla no significa resignarse, sino aprender a vivir con mayor realismo, humildad y esperanza.

En este sentido, Aquilino sostiene que aceptar la propia fragilidad permite abandonar la pretensión de autosuficiencia, nos hace más comprensivos con los demás y nos ayuda a reconocer que necesitamos afecto, comprensión y ayuda.

Otra cuestión importante se refiere al crecimiento del malestar psicológico en nuestra sociedad. La reflexión de fondo permite distinguir entre dos realidades que no siempre coinciden: el sufrimiento humano y la enfermedad psiquiátrica. No todo sufrimiento es necesariamente una patología. La tristeza ante una pérdida, la preocupación por el futuro o el desconcierto ante una crisis personal pueden formar parte de la experiencia normal de vivir.

La conversación invita también a preguntarnos cómo ayudar a las nuevas generaciones a adquirir madurez emocional y personal en una sociedad marcada por la incertidumbre. ¿Por qué sufrimos? ¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Podemos ser felices a pesar de nuestras limitaciones? ¿Qué nos ayuda a superar las experiencias difíciles?

Reproduzco algunas frases literales de Aquilino: Sobre la fragilidad: “Todos somos frágiles. Todos somos vulnerables. Todos somos personas dolientes”. Sobre la compasión: “Es importante que a los hombres nos duela el dolor”. Sobre el perfeccionismo: “El perfeccionismo no es una virtud, sino una imperfección”.

Hay que distinguir entre dolor y sufrimiento

Las enfermedades, los fracasos, las pérdidas afectivas y las decepciones, forman parte de la biografía de cualquier persona. Aquilino aborda también el tema de la soledad. La reflexión que se desprende de la conversación es que el ser humano necesita algo más que contactos: necesita vínculos personales significativos. La familia, la amistad y las relaciones de confianza constituyen ámbitos fundamentales para el equilibrio psicológico. La soledad resulta especialmente dolorosa cuando una persona percibe que su existencia carece de importancia para los demás.

En relación con la educación de los hijos advierte del riesgo de una educación excesivamente protectora, que puede dificultar el aprendizaje de las limitaciones propias de la existencia. El afecto y la exigencia no tienen por qué ser contrarios. Una educación equilibrada debe procurar que los hijos se sientan queridos, pero también que aprendan a tomar decisiones y asumir sus consecuencias.

La felicidad no puede entenderse como un estado emocional permanente. Las emociones cambian y las circunstancias de la vida son inestables. Por ello, la madurez exige aprender a vivir también cuando las cosas no suceden como habíamos previsto.

¿Y la libertad personal? Nuestra historia nos condiciona, pero no determina necesariamente todas nuestras decisiones futuras. El reconocimiento de los propios errores puede convertirse en el comienzo de una transformación. Para ello resulta fundamental el autoconocimiento. Quien desconoce sus limitaciones difícilmente podrá corregirlas, pero quien se identifica exclusivamente con ellas corre el riesgo de renunciar a mejorar.

En la conversación también se abordan temas como el trabajo, las frustraciones y el desgaste profesional. Cuando la identidad se construye exclusivamente alrededor del éxito laboral, los fracasos profesionales pueden adquirir una dimensión desproporcionada. La cuestión de fondo consiste en integrar el trabajo dentro de un proyecto vital más amplio, en el que tengan cabida las relaciones personales, las convicciones y otras fuentes de sentido. La entrevista aborda también cuestiones relacionadas con la sexualidad, la disforia de género, las emociones y los valores morales. La religión aparece como una de las posibles fuentes de sentido, esperanza y orientación moral.

Un millón y medio de peregrinos en torno al Papa en junio 2026

Esto no significa que la espiritualidad sustituya los tratamientos médicos o psicológicos, sino que la conversación reconoce que las preguntas sobre el significado de la vida exceden el ámbito estrictamente clínico. En ese sentido, el libro puede interesar también a lectores que no busquen información sobre psiquiatría, sino una reflexión más amplia acerca de la condición humana.

Álvaro Sánchez León describe a un médico que llega al final de su trayectoria profesional con una larga experiencia clínica, pero también con las huellas físicas y personales que deja el paso del tiempo. Esta dimensión autobiográfica resulta especialmente importante para comprender el título. El médico no está fuera de la condición humana que estudia. También envejece, sufre, se equivoca y necesita ayuda. La experiencia profesional no elimina la vulnerabilidad, aunque puede proporcionar una comprensión más profunda de ella.

La enseñanza final del libro consiste en aceptar la fragilidad para vivir mejor. No necesitamos ser invulnerables para llevar una vida llena de sentido. La persona que reconoce sus debilidades no necesita construir una imagen de perfección ante los demás. Puede aceptar sus errores, comprender mejor los ajenos y establecer relaciones más sinceras.

La fragilidad deja de interpretarse exclusivamente como una deficiencia y se convierte en una oportunidad para conocernos. Esta es la paradoja que da título a la entrada y atraviesa toda la obra: reconocer nuestra vulnerabilidad puede hacernos interiormente más fuertes. Conviene destacar la excelente labor de Álvaro Sáchez León en el libro.

Presentación del libro en la Universidad San Pablo CEU. Tras ser catedrático de Psicopatología en La Universidad Complutense, se incorporó al CEU en 2003.

Para elaborar esta entrada he utilizado algunas ideas de la recensión publicada en 2024 por Jaime Urcelay en su blog. Comienza recordando su relación personal con Aquilino: Entre los muchos encuentros personales con los que me he sentido regalado a lo largo de la vida, el de Aquilino Polaino tiene para mí un lugar muy especial. Quizá por lo mucho que le admiro como ser humano y como profesional, considerándole un gigante a mi lado. Por ver en él un sabio, en el sentido más profundo y bíblico de la palabra. O, tal vez, precisamente, porque la relación con él ha transcendido siempre esa enorme diferencia de talla para hacerse cercana, entrañable, como la que se tiene con un verdadero amigo.

Termino con estas palabras de Cristina López Schlichting: Se ha muerto mi amigo Aquilino Polaino. Fue un hombre bueno y dulce, tremendamente divertido. Cuántas veces le envié pacientes gravísimos y los atendió incluso gratuitamente. Pionero de la psiquiatría infantil, catedrático, escritor, era inteligente e íntegro. Reza por nosotros desde el cielo.

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