Esta reflexión surge tras la lectura del libro El perdón, escrito por el jurista y catedrático Rafael Domingo Oslé. Especialista en Derecho romano y Derecho comparado, así como en Derecho global, Derecho y Religión y Teoría del Derecho, actualmente es titular de la Cátedra Álvaro d’Ors del Instituto de Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra. Es también coeditor de la revista Journal of Law and Religion (Cambridge University Press) y de la colección Raíces del Derecho (Aranzadi).

Su trayectoria académica incluye la publicación de más de treinta libros y un centenar de artículos científicos, así como numerosas conferencias impartidas en Europa, América del Norte, América Latina y Japón. A esta actividad se suma una intensa labor de divulgación, con más de doscientos artículos de opinión publicados en periódicos como El País, El Mundo, ABC, El Español, Miami Herald y El Correo. Además, ha sido entrevistado en más de cincuenta ocasiones por la cadena CNN.

El autor considera que el perdón es una de las grandes claves de la condición humana y una dimensión esencial de la justicia, que, según el jurista romano Ulpiano, consiste en dar a cada uno lo suyo. Esta formulación alcanza su significado más profundo cuando incluye también el perdón. No basta con reconocer derechos, reparar daños o imponer sanciones: la convivencia humana necesita una justicia capaz de abrir la posibilidad de superar las ofensas.
Pero el perdón no puede imponerse jurídicamente a ninguna víctima, pues se trata de un acto libre, de naturaleza personal e íntima. Como analiza Domingo, el resentimiento mantiene a la víctima atada a su agresor —y hay muchas formas de agredir—, mientras que el arrepentimiento abre al agresor la posibilidad de reconocer el daño causado y rectificar su comportamiento. Sin embargo, este no puede exigir el perdón de la persona a la que ha ofendido o agredido.

La reconciliación es deseable, pero requiere el reconocimiento de la verdad de los hechos y alguna forma de justicia. No pueden confundirse, por tanto, el perdón y la reconciliación: el primero puede producirse incluso sin arrepentimiento del agresor, mientras que la segunda exige un encuentro con la verdad y el reconocimiento del daño causado.

Una de las cuestiones más importantes que plantea el libro es si resulta posible perdonar lo imperdonable. Nadie tiene derecho a imponer a una víctima la obligación de perdonar a quien no reconoce el mal cometido. Hacerlo supondría añadir una nueva violencia al sufrimiento padecido.
Resulta especialmente interesante recordar —su lectura es apasionante— la autobiografía de Gemma Capra, La grieta y la luz, en la que narra el difícil proceso de dolor y sufrimiento que atravesó tras el asesinato de su marido, Luigi Calabresi, en 1972, hasta llegar a perdonar a los responsables. Cuando uno de ellos le pidió perdón en 1988, Gemma ya había logrado perdonarlo. Como señala el profesor Domingo, el perdón necesita su propio tiempo. No admite calendarios impuestos.

El problema adquiere otra dimensión cuando afecta a comunidades enteras. El autor recuerda los tribunales populares gacaca de Ruanda, creados después del genocidio de 1994, y el gesto del canciller alemán Willy Brandt, que se arrodilló en 1970 ante el monumento a los héroes del gueto de Varsovia. Estas experiencias permiten distinguir tres niveles: La justicia transicional, que corresponde a las instituciones y busca responder a los crímenes cometidos. El perdón colectivo, mediante el cual una sociedad decide no permanecer prisionera de su pasado. El perdón individual, que solo puede nacer de la libertad de cada persona.

Ningún Estado puede decretar este último, aunque sus decisiones políticas puedan favorecer las condiciones para la reconciliación.
El núcleo espiritual del libro se encuentra en las palabras pronunciadas por Jesús durante la crucifixión: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Para Rafael Domingo, este episodio representa la manifestación más radical del perdón: Cristo perdona a quienes lo están matando, sin esperar su arrepentimiento ni exigir previamente una reparación. El perdón cristiano no nace simplemente de un esfuerzo de voluntad o de una supuesta superioridad moral, sino de la experiencia de haber sido perdonado.

Hay otro aspecto del libro que me parece especialmente relevante: la sabiduría silenciosa del perdón cotidiano. El autor nos recuerda que el perdón no se manifiesta únicamente en los grandes acontecimientos de la historia o ante ofensas extraordinarias. También está presente en nuestra vida diaria: en una discusión matrimonial que termina en un abrazo, en una respuesta hiriente que decidimos callar o en la voluntad de superar una ofensa sin alimentar el resentimiento. Son gestos pequeños, casi siempre invisibles, que contribuyen a mantener la convivencia y a fortalecer las relaciones humanas.

El planteamiento del libro podría resumirse en estas palabras: el perdón es una forma superior de justicia que, sin negar la verdad ni la responsabilidad por el daño causado, permite al ser humano liberarse del resentimiento y abrir un futuro que no esté determinado exclusivamente por las ofensas del pasado. Perdonar no equivale a olvidar, justificar el mal o renunciar a la justicia. Tampoco exige necesariamente restablecer una relación con el ofensor. Es, sobre todo, la posibilidad de impedir que el mal sufrido tenga la última palabra.
Y aquí aparece una última paradoja: los grandes gestos de reconciliación pasan a la historia, pero probablemente la mayor parte del perdón que sostiene la convivencia humana se produce silenciosamente, en la vida cotidiana.
Para terminar, me gustaría destacar dos afirmaciones de Rafael Domingo en una entrevista que invitan a reflexionar: “El odio da votos: una persona que odia no piensa y seguirá a quien alimente ese odio”. Y añade: “Una sociedad que no perdona es una sociedad que se autodestruye”.

El libro me parece de indispensable lectura en el contexto actual. No piensen que estamos ante un ensayo meramente académico sobre el perdón, sino ante una reflexión de marcado carácter personal, nacida de conversaciones y del encuentro con el sufrimiento ajeno.
Además, en el contexto que vivimos actualmente, su lectura puede ayudarnos a alzar la mirada por encima de la polarización social y política, a superar la lógica del enfrentamiento y a reconsiderar nuestra manera de tratar al adversario político. Porque, en definitiva, una sociedad que pierde la capacidad de perdonar corre el riesgo de quedar prisionera de sus propios resentimientos.

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