Más información, menos conocimiento

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El periodista británico James Marriott analiza en un artículo, publicado en la revista estadounidense Literary Hub, dedicada a libros y temas culturales, la relación histórica entre la alfabetización, la expansión de la prensa y el desarrollo de la democracia. Su tesis principal es que la difusión de la lectura y de los periódicos contribuyó decisivamente a transformar sociedades dominadas por minorías privilegiadas en comunidades de ciudadanos capaces de informarse, organizarse políticamente y reclamar sus derechos. Dicho artículo es un fragmento de su libro The New Dark Ages: The Death of Reading and the Dawn of the Post-Literate Society, que aún no se ha publicado en España.

Entre sus razonamientos, Marriott comienza rechazando una interpretación ingenua de la historia: saber leer no convierte automáticamente a una sociedad en democrática, racional o moralmente superior. Recuerda que Alemania era uno de los países más alfabetizados de Europa cuando cayó bajo el nazismo. Por tanto, la educación y la cultura escrita no impiden por sí solas el autoritarismo ni la barbarie. Al mismo tiempo, sostiene que, a largo plazo, la imprenta y la alfabetización masiva han favorecido sociedades más igualitarias, racionales y democráticas.

La avanzada cultura alemana sucumbió ante el nazismo.

Los periódicos incorporaron a las clases populares a la vida política. Durante siglos, buena parte de los trabajadores apenas conocía lo que sucedía fuera de su entorno inmediato. La política nacional e internacional les resultaba lejana y, en ocasiones, incomprensible.

Esta situación cambió especialmente durante el siglo XIX, gracias a varios factores: la extensión de la enseñanza, el abaratamiento de los periódicos, el desarrollo del ferrocarril y la mejora de las comunicaciones. Marriott recuerda que la circulación de la prensa diaria en París pasó de un millón de ejemplares en 1870 a cinco millones en 1910. Las élites dejaron de ser las únicas informadas.

La prensa fue un instrumento de emancipación social. Por ejemplo, publicaciones como The Poor Man’s Guardian (1831) pretendían proporcionar a los trabajadores conocimientos sobre sus derechos, las injusticias sociales y el funcionamiento del poder político. No se limitaban a transmitir noticias: difundían discursos, denunciaban abusos, anunciaban reuniones y ayudaban a organizar campañas.

Incluso la prensa sensacionalista contribuyó a la democratización. El argumento de Marriott es que la comercialización de la prensa no anuló necesariamente su capacidad para denunciar injusticias y movilizar a la opinión pública.

Leer periódicos enseñaba también a pensar. La aportación de la prensa no consistió únicamente en proporcionar datos. Marriott sostiene que la lectura habitual ayudó a desarrollar una capacidad intelectual fundamental: relacionar acontecimientos particulares con problemas generales.

La lectura fortaleció los movimientos obreros. Marriott resume esta convicción mediante una idea fundamental: una población que carece de conocimientos resulta mucho más vulnerable a la manipulación de quienes poseen el poder.

La admiración que despertaba Chaves Nogales entre sus lectores en los años treinta del siglo XX.

Pero ¿Qué está sucediendo en la actualidad? Marriott considera que la revolución digital está favoreciendo la aparición de nuevas desigualdades relacionadas con el conocimiento. Aunque nunca habíamos tenido tanta información disponible, eso no significa necesariamente que dispongamos de ciudadanos mejor informados o con mayor capacidad crítica.

La falta de pensamiento crítico

La fragmentación de la información, la polarización y el debilitamiento de los hábitos de lectura pueden hacer que amplios sectores de la población sean más vulnerables a la manipulación política. Paradójicamente, una sociedad tecnológicamente avanzada puede retroceder en algunas de las capacidades intelectuales que hicieron posible la democracia moderna.

La idea central que Marriott ofrece en su artículo es que la democracia no depende únicamente del derecho a votar, sino también de la capacidad de los ciudadanos para leer, comprender, contrastar información y pensar por sí mismos. La prensa escrita desempeñó históricamente un papel fundamental en la adquisición de esas capacidades. Su debilitamiento plantea una pregunta inquietante: ¿qué sucede con la democracia cuando disminuye la lectura profunda y la información se consume de manera fragmentaria?

Tomada de Nueva Revista

En su libro se completan algunas de estas conclusiones. Marriott defiende que leer libros extensos exige mantener la atención, seguir razonamientos, interpretar matices y comprender ideas que no siempre resultan sencillas. El teléfono inteligente y sus derivados suponen una crisis de atención. Como consecuencia, llega a un análisis muy interesante: la «gran simplificación».

Cuando la comunicación pública se organiza alrededor de imágenes, mensajes breves y contenidos destinados a captar inmediatamente la atención, resulta más difícil transmitir argumentos complejos. El peligro no consiste únicamente en leer menos, sino en acostumbrarse a una cultura que exige cada vez menos esfuerzo intelectual. El predominio de una comunicación audiovisual fragmentaria, cuando no va acompañado de reflexión y pensamiento crítico, puede hacernos más vulnerables a la manipulación.

La lectura como instrumento de libertad personal permite acceder directamente a las ideas, sin depender por completo de la interpretación de otros. En ese sentido, constituye una forma de independencia intelectual.

No todos comparten, sin embargo, el diagnóstico alarmista de Marriott. Anthony Cummins, en una reseña publicada en The Guardian el 17 de septiembre de 2026, considera que el autor exagera las consecuencias del retroceso de la lectura y no siempre fundamenta suficientemente sus afirmaciones. Cuestiona, entre otras cosas, que la comunicación audiovisual sea necesariamente menos valiosa que la escrita y que pueda atribuirse a las pantallas buena parte del deterioro psicológico y cultural de nuestra sociedad.

La cabecera del periódico se dividió en dos líneas y en letra negra en 2018.

Su crítica introduce un matiz necesario: defender la lectura y sus extraordinarias posibilidades intelectuales no exige ignorar las capacidades expresivas de las imágenes ni las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías.

Me parece interesante reflexionar sobre algunas de las cuestiones planteadas. Por mi parte, concluyo que no se trata de contraponer los libros a las pantallas ni de idealizar una cultura escrita que también ha tenido sus limitaciones. La cuestión es más profunda: qué hábitos intelectuales estamos cultivando y cuáles estamos dejando perder.

La lectura nos ha enseñado a detenernos, a seguir razonamientos complejos, a contrastar ideas y a comprender realidades alejadas de nuestra experiencia inmediata. Las nuevas tecnologías pueden ampliar extraordinariamente nuestras posibilidades de conocimiento, pero difícilmente lo conseguirán si renunciamos al esfuerzo de pensar.

El verdadero riesgo no es que desaparezcan los libros, sino que dejemos de sentir la necesidad de comprender lo que sucede a nuestro alrededor.

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