El tema de España -sin olvidar el regeneracionismo: Joaquín Costa, Ángel Ganivet- había sido ampliamente tratado por la generación del 98. El “desastre” marcó durante unos años la visión de los noventayochistas. Baroja, Azorín y Maeztu empezaron a escribir desde una actitud crítica de izquierdas inspirada en las ideas de Nietzsche esencialmente. Sin embargo, los tres evolucionaron hacia posiciones conservadoras o escépticas como es el caso de Baroja. Valle-Inclán se inició en el carlismo para acabar afiliándose al partido comunista en 1933. Conviene también recordar a Antonio Machado que de posturas liberales en sus inicios fue uno de quienes izaron la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia el 14 de abril de 1931. Junto a otros escritores se exilia a Francia pero una neumonía le lleva a la muerte en Collioure (1939). Durante muchos años en su tumba ha estado desplegada una bandera republicana.

La siguiente generación, la del 14, tiene como analista fundamental a Ortega y Gasset que atribuye los problemas españoles a las siguientes causas: la invertebración de España provocada por los particularismos que se desentienden del concepto de patria unida como nación, junto con la envidia hacia los que sobresalen, definida como “odio a los mejores”. En definitiva, “España era el problema, Europa la solución” como afirmó en 1910 en su conferencia “La pedagogía social como programa político” pronunciada en la Sociedad El Sitio de Bilbao. Refleja el temprano programa de europeización, al defender que el atraso español se superaría adoptando la ciencia, la cultura y los modelos europeos.

España como problema es un ensayo escrito por Pedro Laín Entralgo en 1949. El tema central consiste en la consideración de la incapacidad española a lo largo de más de un siglo para ser capaz de construir una patria común para todos. Sin este punto de unión, la violencia y la imposibilidad para convivir volverán a adeñuarse de España.

Al poco Rafael Calvo Serer le responde sin ánimo de polémica con el ensayo España sin problema. Su tesis consiste en considerar que España se enfrenta a muchos problemas desde sus propias raíces. Para salir de este círculo vicioso es necesario apostar por algunas ideas renovadoras que parten de Europa. Calvo Serer fue presidente del Consejo de Administración del diario Madrid y en 1971 tras un artículo crítico con el franquismo publicado en el diario Le Monde tuvo que exiliarse. El contexto histórico de ambos ensayos se desarrolla en un franquismo primerizo.

Según avanzaba el régimen franquista -especialmente tras el plan de estabilización de 1959- se empezó a sentir la necesidad de acercarse económicamente a los mercados europeos. El planteamiento superaba las necesidades financieras. La Europa occidental desarrollada dejó de ser algo lejano y se convirtió en un término de comparación permanente con España. La OTAN fue una cuestión diferente por los pactos de Madrid de 1953 con Estados Unidos: las bases de Torrejón, Zaragoza, Morón y Rota fueron el resultado. España quedó integrada de hecho en el dispositivo defensivo occidental, aunque no perteneciera a la OTAN. Una posibilidad que, sin embargo, era políticamente inviable mientras Franco permaneciera en el poder.

La persistente pregunta española por su relación con Europa sirve para proceder al análisis de la interesante lectura del libro Europa: La otra patria de Juan González-Barba. La idea central podría formularse así: Europa no es simplemente una organización política nacida después de la Segunda Guerra Mundial. Es una realidad histórica y cultural mucho más antigua, cuya identidad se ha formado mediante la interacción entre geografía, equilibrio político y una determinada concepción del ser humano. González-Barba intenta explicar esa identidad mediante tres “leyes”.

La ley de hierro es fundamentalmente geopolítica, actúa como zona de transformación y contacto; y Europa occidental constituye el extremo geográfico de esa dinámica. El autor interpreta la Rusia de Putin y la guerra de Ucrania dentro de esta larga continuidad histórica, aunque insiste en que la geografía influye, pero no determina la historia.
La ley de plata es el equilibrio de poderes. Ninguna potencia europea ha conseguido dominar permanentemente el continente. Ese equilibrio funciona tanto entre los Estados como dentro de ellos. Durante siglos se consiguió mediante guerras, alianzas y rivalidades; el gran logro de la construcción europea posterior a 1945 habría sido encontrar un procedimiento pacífico -instituciones, derecho, comercio e integración- para mantenerlo. Para González-Barba, por tanto, la Unión Europea no elimina una característica secular de Europa, sino que proporciona un mecanismo distinto para administrarla.

La ley de oro es la más filosófica: el proyecto europeo tiene como eje al individuo. Sus raíces se encuentran especialmente en la filosofía griega y el cristianismo. De ahí procedería una determinada concepción de la dignidad humana que, pese a las enormes contradicciones de la historia europea, reaparece una y otra vez. El autor relaciona esta idea con la regla de oro cristiana y considera particularmente europea la búsqueda de un equilibrio entre libertad e igualdad, con una mayor inclinación europea hacia esta última que la existente, por ejemplo, en Estados Unidos. Es inevitable recordar las palabras de Juan Pablo II desde Santiago de Compostela en 1982: “Desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces”.

Otro aspecto interesante a considerar, es que el libro no contrapone Europa y las naciones. Buena parte de la obra estudia precisamente las grandes naciones europeas y la función histórica que han desempeñado: Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Polonia y España. González-Barba utiliza expresiones deliberadamente sugerentes: Gran Bretaña sería el «enigma» de Europa; Francia, su «levadura»; e Italia, su «fertilizadora». Polonia aparece marcada por su voluntad histórica de supervivencia entre grandes potencias. En el caso de España, sostiene una tesis que me parece especialmente interesante: considera su proyecto nacional «inacabado». Lo explica, entre otras razones, porque durante siglos la identidad española tuvo una dimensión que incluía Hispanoamérica y porque España no experimentó el mismo efecto de cohesión nacional producido en otros países europeos por las guerras mundiales; por el contrario, sufrió diversas guerras civiles con efectos centrífugos.
Especialmente importante es la ley de plata. Europa siempre necesitará, según el autor, algún mecanismo de equilibrio entre sus diferentes centros de poder. Durante siglos ese equilibrio se consiguió también mediante la guerra. La Unión Europea permite buscarlo mediante negociación, instituciones y relaciones económicas. González-Barba advierte que, si ese mecanismo desapareciera, las rivalidades entre Estados no desaparecerían necesariamente con él. La inteligencia artificial afecta simultáneamente a las tres leyes. Puede amenazar la autonomía del individuo —ley de oro—, concentrar enormes cantidades de riqueza y poder y romper los equilibrios políticos —ley de plata— y aumentar la dependencia estratégica europea respecto de Estados Unidos y China -ley de hierro-.

Finalmente, el libro desemboca en una defensa de un patriotismo europeo. No parece plantearlo como sustitución de las identidades nacionales, sino como reconocimiento de una identidad compartida que permita a los europeos actuar conjuntamente ante problemas que los Estados por separado tienen cada vez menos capacidad de afrontar. González-Barba interpreta Europa como una civilización construida históricamente sobre tres grandes dinámicas: su posición geográfica dentro de Eurasia y la presión que recibe desde Oriente; la necesidad permanente de mantener un equilibrio entre los distintos poderes europeos; y una tradición filosófica y cristiana que sitúa al individuo en el centro. La Unión Europea sería el intento contemporáneo de conciliar esas tres fuerzas mediante instituciones comunes, equilibrio pacífico entre las naciones y defensa de unos valores compartidos. Como bien señala el profesor Lorenzo Bermejo La otra patria proyecta un horizonte superior de convivencia y corresponsabilidad.

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