Son necesarias, más que nunca, antígonas que nos hagan actuar con ética

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Las reflexiones de esta entrada han llegado producidas por tres razones. La primera el asombro ante la indiferencia ética tras las mentiras constantes -sin ningún tipo de rubor- que se producen en estos días de agosto por cuestiones políticas generales. Hace años se recurría -para rellenar huecos informativos- a las apariciones del monstruo en el lago Ness. El monstruo aparece ahora todos los días sin mencionarlo. La segunda es consecuencia de la lectura de que Nueva Revista ha organizado un foro sobre La tumba de Antígona de María Zambrano: una ética para nuestro tiempo. La tercera es el recuerdo de explicar a mis alumnos el concepto de tragedia. Ponía como ejemplo Antígona de Sófocles. Según iba hablando, su cara reflejaba ganas de tener ideales, ganas de hacer cosas nobles, ganas de ser “buenas personas” como dice de sus jugadores de selección Luis de la Fuente. Hacer lo que éticamente hay que hacer: pase lo que pase.

La tumba de Antígona, publicada en 1967- en 1948 había publicado un ensayo denominado Delirio de Antígona-, es una de las obras más representativas del pensamiento de María Zambrano (Vélez Málaga 1904-1991) Se encuentra a medio camino entre el teatro, el ensayo filosófico y la prosa poética. La autora recupera el personaje creado por Sófocles, pero modifica de manera decisiva el desenlace de la tragedia antigua: su Antígona no se suicida inmediatamente después de ser encerrada viva, sino que permanece durante un tiempo indeterminado en la tumba. Ese tiempo añadido le permite recordar, dialogar con los vivos y los muertos, comprender su destino y transformar el sufrimiento en conciencia [encontramos algunos ecos de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo (1955)]. La acción exterior es muy limitada. Casi todo sucede en el interior del alma de Antígona. La tumba se convierte así en el lugar donde la protagonista recorre nuevamente su vida, escucha a las figuras de su pasado y descubre el sentido de su sacrificio.

Para comprender la obra conviene recordar brevemente el mito. Antígona es hija de Edipo y Yocasta y hermana de Ismene, Eteocles y Polinices. Después de la caída de Edipo, sus dos hijos varones se disputan el poder de Tebas y terminan matándose mutuamente. Creonte, nuevo gobernante de la ciudad, ordena que Eteocles, defensor de Tebas, reciba honores funerarios, mientras que el cadáver de Polinices, considerado traidor, debe permanecer insepulto. Antígona considera que esta orden vulnera una ley sagrada más antigua que la ley política. Por ello entierra simbólicamente a su hermano y cumple con los ritos debidos a los muertos. Creonte la condena a ser encerrada viva en una tumba. En la tragedia de Sófocles, Antígona se ahorca; Hemón, su prometido e hijo de Creonte, se suicida al encontrarla muerta, y Eurídice, esposa de Creonte, también se quita la vida [tragedia griega en pura esencia].

Estatua de Antígona en pleno acto de purificación

María Zambrano cambia este final. Antígona no se mata, porque necesita vivir su propia muerte, comprenderla y convertirla en palabra. La filósofa concede a la víctima el tiempo y la voz que la tragedia clásica le había negado. La obra comienza con Antígona encerrada. Se encuentra en un espacio intermedio: sigue viva, pero ha sido expulsada de la comunidad de los vivos; está destinada a morir, pero todavía no pertenece al reino de los muertos. La tumba es, por tanto, un lugar fronterizo. Antígona se pregunta por qué ha llegado hasta allí. Comprende que toda su vida ha estado marcada por culpas y decisiones ajenas. Nació en una familia condenada: su padre, Edipo, mató sin saberlo a su propio padre y se casó con su madre; sus hermanos se enfrentaron por el poder; Creonte prolongó la violencia al negar sepultura a uno de ellos. La formación intelectual y pedagógica de Zambrano se nutre de sus estudios como filósofa en el ambiente cultural del Madrid de los años treinta y estuvo vinculada a la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu. En esta institución, que reunió a mujeres como Victoria Kent, Maruja Mallo, Rosa Chacel y Clara Campoamor, Zambrano aprendió que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en despertar la conciencia y preparar a la persona para ejercer la libertad y juzgar moralmente la realidad. Para Zambrano, la verdadera formación debe capacitar al ser humano para decir “no” ante la injusticia, aunque esa negativa comporte el aislamiento, la expulsión o el sacrificio. Antígona encarna precisamente esa conciencia libre que se niega a obedecer una norma injusta, porque reconoce una ley moral anterior y superior a las disposiciones del poder político: la ley que protege la dignidad humana y obliga a conservar la memoria de los muertos. A estas cuestiones hay que añadir los más de 40 años de exilio de Zambrano. Desde esa experiencia de desarraigo pudo reconocerse en Antígona, una mujer expulsada de la ciudad por mantenerse fiel a una verdad interior.

Antígona no ha cometido esos crímenes, pero ha cargado con sus consecuencias. Acompañó a Edipo en el destierro, sufrió la guerra entre sus hermanos, presenció su muerte y finalmente fue condenada por ofrecer sepultura a Polinices. Su existencia ha consistido en asumir el dolor de los demás. Sin embargo, dentro de la tumba comienza a descubrir su propia identidad. Por primera vez dispone de un tiempo que le pertenece. No tiene que cuidar de su padre ni intervenir entre sus hermanos. Puede examinar lo sucedido y pronunciar su verdad.

Una de las primeras presencias es Ismene, su hermana. En Sófocles, Ismene había tenido miedo de desobedecer a Creonte y se había negado inicialmente a ayudar a Antígona. Zambrano suaviza este enfrentamiento y presenta una relación mucho más compasiva entre ambas. Antígona no condena a Ismene por haber sobrevivido. Comprende que su hermana también es una víctima y que deberá soportar una condena diferente: continuar viviendo después de haber perdido a toda su familia. La obra amplía así el significado del sacrificio. No solamente sufre quien muere; también quien queda vivo puede verse obligado a cargar con la ausencia, la memoria y la culpa. Antígona e Ismene representan dos formas distintas de padecer la misma tragedia. La piedad no es un sentimiento pasivo ni una simple compasión, sino una forma de conocimiento y una acción que permite relacionarse con aquello que ha sido rechazado, herido o silenciado. Frente a la razón política que divide entre vencedores y vencidos, amigos y enemigos, la piedad restablece el vínculo humano y reconoce la dignidad que ninguna condena puede suprimir.

Las dos hermanas

Después aparece Edipo, el padre al que Antígona acompañó durante su destierro. La joven vuelve a presentarse como hija protectora y guía del padre ciego. Pero el diálogo también le permite reconocer el peso que esa misión tuvo sobre su propia vida. Antígona siente compasión por Edipo, porque sabe que cometió sus crímenes sin conocer la verdadera identidad de sus víctimas. No lo juzga desde la superioridad moral. Sin embargo, comprende que ha tenido que pagar por las culpas paternas. La relación con Edipo representa la transmisión del sufrimiento entre generaciones. Los hijos heredan conflictos que no provocaron, pero cuyas consecuencias determinan sus vidas. Antígona es la depositaria de la culpa familiar, aunque personalmente sea inocente. La tumba le permite separarse de su padre sin dejar de amarlo. Necesita reconocer que su vida no puede consistir eternamente en acompañar y expiar la tragedia de Edipo. Ese desprendimiento forma parte de su nacimiento como persona.

Edipo y su ceguera.

Ana es la nodriza y una figura de cuidado materno. Su presencia introduce en la obra el recuerdo de la infancia, el hogar, el alimento y la protección cotidiana. Frente a las grandes figuras del poder y de la tragedia —reyes, guerras y leyes—, Ana representa la vida humilde que sostiene a las personas. Es la piedad entendida no como lástima, sino como cuidado concreto: alimentar, acompañar, proteger y reconocer al otro. Con ella, Antígona recuerda que antes de convertirse en símbolo, víctima o heroína fue una niña. La nodriza devuelve humanidad al personaje. Zambrano contrapone así la historia oficial, dominada por quienes mandan y combaten, a otra historia silenciosa formada por quienes cuidan y mantienen la vida. La presencia de Yocasta —la madre que fue también esposa de Edipo— obliga a Antígona a contemplar el origen más doloroso de su familia. Yocasta encarna una maternidad atravesada por el desconocimiento, la culpa y la fatalidad. Antígona busca una explicación, pero no la encuentra en términos racionales. Su nacimiento procede de una transgresión que sus padres cometieron sin saberlo. La protagonista comprende que no puede borrar esa historia, aunque sí puede impedir que la maldición continúe reproduciéndose. Su sacrificio adquiere entonces una dimensión purificadora. Al aceptar conscientemente el dolor heredado, Antígona interrumpe la cadena de violencia y culpabilidad que domina a su familia.

La Harpía representa la voz de la resignación, el resentimiento y la aceptación del orden establecido. Le reprocha a Antígona haber desobedecido y haber pretendido actuar según una verdad superior a las normas de la ciudad. Es también la voz de una concepción subordinada de la mujer. Según esa mentalidad, Antígona debería haber aceptado el lugar que le correspondía, haberse casado y obedecido a los hombres que ejercían la autoridad. Antígona rechaza esa lógica. Su acción no procede del deseo de adquirir poder ni de sustituir a Creonte. Tampoco busca convertirse en heroína. Actúa porque no puede permitir que su hermano quede excluido de la comunidad de los muertos. Frente a la Harpía, Antígona afirma su condición de persona libre. Su libertad no consiste en hacer lo que desea, sino en mantenerse fiel a una verdad moral incluso cuando esa fidelidad le cuesta la vida.

Edipo y Antígona de Charles Jalabert (1842)

El encuentro con sus hermanos es uno de los momentos centrales. Antígona no acepta la división impuesta por Creonte entre el hermano digno y el indigno, el patriota y el traidor. Para ella, ambos son hermanos y ambos necesitan reconciliación. Les reprocha haberse dejado dominar por el deseo de poder. Eteocles y Polinices convirtieron la ciudad y la fraternidad en objetos de disputa. En lugar de reconocerse como hermanos, se reconocieron como enemigos y acabaron destruyéndose mutuamente. Antígona descubre una lógica recurrente en la historia: los seres humanos crean patrias, bandos y enemigos que sirven de justificación para matar. La guerra fratricida de Tebas se convierte así en imagen de todas las guerras civiles. Polinices expresa la esperanza de una futura “ciudad de los hermanos”. Sería una comunidad no fundada en la dominación ni en el sacrificio de unos por otros, sino en el reconocimiento mutuo. Antígona representa la posibilidad de esa nueva ciudad porque se niega a aceptar que la política pueda borrar la fraternidad.

Hemón representa la vida personal que Antígona no podrá vivir. Estaba destinado a casarse con ella, pero su relación queda destruida por la decisión de Creonte y por el compromiso de Antígona con los muertos. Ante Hemón, la protagonista contempla la posibilidad perdida del matrimonio, el amor, los hijos y una vida cotidiana propia. Comprende que su sacrificio no es abstracto: ha renunciado a una felicidad concreta. Pero también descubre que el amor no puede reducirse a la posesión de la persona amada. Antígona ama a Hemón, aunque no pueda quedarse con él. El amor que aparece al final de la obra es más amplio: es la fuerza que permite acoger a vivos y muertos, culpables e inocentes, sin repetir la violencia.

Creonte visita a Antígona porque su poder no está seguro mientras ella permanezca viva en la tumba. Aunque la ha encerrado, no ha logrado dominarla moralmente. La existencia silenciosa de Antígona demuestra que la ley de Creonte puede ser legal y, al mismo tiempo, injusta. El gobernante necesita que Antígona se someta, reconozca su culpa o acepte ser perdonada. Pero ella no admite el falso perdón del poder, porque no considera criminal su acción. Antígona tampoco intenta derrotar políticamente a Creonte. Su superioridad procede de otro lugar: ha aceptado perderlo todo antes que negar la verdad. Creonte conserva el poder exterior, pero Antígona posee una autoridad moral que él no puede otorgar ni retirar.

Antígona no niega la necesidad de la ley política, pero revela que ninguna norma debe convertir a una persona en alguien indigno de sepultura, memoria o compasión.

Al final aparecen unos personajes denominados “los desconocidos”. No tienen una identidad completamente definida. Pueden interpretarse como mensajeros, guías espirituales o figuras que vienen a conducir a Antígona hacia otro ámbito. La protagonista ha terminado su recorrido. Ha hablado con las figuras de su vida, ha comprendido el sufrimiento heredado y ha descubierto el significado de su acción. Ya no es solamente la hija de Edipo, la hermana de Polinices o la prometida de Hemón. Ha nacido como persona. Los desconocidos la llaman y Antígona acepta marcharse hacia la “tierra prometida” del amor. No se trata necesariamente de un lugar físico ni de una representación convencional del más allá. Es la culminación de su transformación espiritual: después de atravesar la oscuridad, alcanza una forma de claridad. Por esta razón, la tumba no es solamente un espacio de muerte. También es una especie de cuna. Antígona desciende a la oscuridad para renacer a una conciencia nueva. El Centro Virtual Cervantes explica esta doble simbología de la tumba como espacio de encierro y, al mismo tiempo, de nacimiento espiritual.

María Zambrano

Antígona representa a quienes han sido arrojados fuera de la comunidad por una guerra, una dictadura o una persecución política. El exiliado vive entre dos mundos: ha perdido su lugar de origen, pero todavía no pertenece enteramente al lugar de acogida. La tumba es, por tanto, una imagen del exilio. Sin embargo, Zambrano no presenta al exiliado solamente como una persona derrotada. Desde su posición marginal puede alcanzar una verdad que el poder no percibe: la historia oficial se construye frecuentemente sobre el silencio de las víctimas.

Al sepultar a Polinices, Antígona se rebela contra la condena al olvido. No afirma que su hermano fuera inocente; reconoce, en cambio, que ni siquiera la culpabilidad permite eliminar completamente la humanidad de una persona. Antígona conserva la memoria de los vencidos y fracasados.

En esta obra aparece de manera muy clara la importante “razón poética” de María Zambrano. La autora considera que la razón puramente abstracta no basta para conocer determinadas realidades humanas. El dolor, el amor, el sacrificio, la culpa o la esperanza no se comprenden solamente mediante conceptos lógicos. La razón poética busca una verdad que se manifiesta mediante imágenes, símbolos, sueños, recuerdos y palabras reveladoras. Antígona no desarrolla un razonamiento sistemático; delira, pregunta, escucha y dialoga. Pero a través de ese lenguaje alcanza una comprensión profunda de su vida. El centro de la obra no es únicamente la oposición entre la conciencia individual y la ley del Estado. María Zambrano va más allá: se pregunta cómo puede una víctima transformar el sufrimiento heredado sin reproducir el odio que lo causó.

El Batallón Sagrado de Tebas

Antígona no vence destruyendo a Creonte. Tampoco resucita a sus hermanos ni recupera la vida que le arrebataron. Su victoria consiste en comprender, hablar y reconciliar. Al dar voz a los muertos, impide que sean completamente borrados; al aceptar su sacrificio, rompe la cadena de violencia de su familia; y al dirigirse finalmente hacia el amor, evita que el sufrimiento desemboque en resentimiento. Antígona comienza siendo hija de una familia maldita, víctima de una guerra entre hermanos y condenada por un poder injusto. Termina convertida en una figura universal de la piedad, la memoria y la libertad. Muy interesante se presenta el foro sobre el tema que se celebrará el 30 de septiembre.

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