Países pobres en guerra: armas baratas, prescindibles y fabricadas masivamente

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Se puede decir de otra forma: en las guerras del futuro no vencerá necesariamente quien posea la mejor tecnología, sino quien sea capaz de adaptarla, producirla a escala y cambiar más rápidamente su manera de combatir. La idea se sustenta en el artículo “Losing the War of the Future: How New Technologies Threaten America’s Military Advantage”, de Paul Scharre, publicado en Foreign Affairs (julio/agosto de 2026). Su tesis es especialmente interesante: Estados Unidos continúa siendo la mayor potencia militar, pero las tecnologías que están transformando la guerra -sobre todo drones e inteligencia artificial- están reduciendo rápidamente la ventaja tecnológica que durante décadas sustentó su superioridad militar.

Scharre parte de una paradoja. Durante décadas, Estados Unidos pudo compensar la superioridad numérica de sus adversarios mediante una enorme ventaja tecnológica. Primero fueron las armas nucleares; posteriormente, los satélites, el GPS, las armas guiadas de precisión, las redes informáticas y la tecnología stealth. La Guerra del Golfo de 1991 mostró espectacularmente esa superioridad.

Diez mil drones pueden arrasar una ciudad

Pero el modelo está dejando de funcionar. Las nuevas tecnologías militares son mucho más fáciles de adquirir, copiar y producir que las anteriores. Un país relativamente débil —e incluso un actor no estatal— puede disponer de drones baratos capaces de destruir sistemas militares que cuestan cientos de millones de dólares.

El autor utiliza las guerras de Ucrania e Irán para demostrarlo. Ucrania, por ejemplo, ha empleado drones navales relativamente baratos para causar enormes daños a la Flota rusa del Mar Negro. Del mismo modo, los ataques iraníes han demostrado que bases, radares y aviones estadounidenses muy costosos pueden ser vulnerables a grandes cantidades de drones y misiles mucho más baratos.

En este punto aparece uno de los conceptos más importantes del artículo: la economía de la guerra ha cambiado. No basta con preguntarse quién posee el arma tecnológicamente más avanzada; también hay que preguntarse cuánto cuesta producirla y cuánto cuesta destruirla. Utilizar un misil Patriot de varios millones de dólares para derribar un dron que cuesta decenas de miles resulta militarmente eficaz, pero económicamente insostenible si el adversario puede lanzar miles de ellos. Scharre considera que el sistema militar-industrial estadounidense se ha especializado durante décadas en fabricar plataformas extraordinariamente sofisticadas, caras y producidas en cantidades reducidas: aviones, buques, misiles y otros sistemas de enorme calidad.

La nueva guerra exige también exactamente lo contrario: armas baratas, prescindibles y fabricadas masivamente. El contraste que ofrece es llamativo: Ucrania produce alrededor de cuatro millones de drones al año, mientras que el Ejército estadounidense está adquiriendo unos 50.000. El problema de Estados Unidos no es que carezca de capacidad tecnológica para construirlos, sino que su sistema industrial, administrativo y de contratación militar tiene dificultades para producir rápidamente y a bajo coste.

Ucrania es capaz de producir 2 700 drones diarios

Además, los enjambres de drones autónomos modificarán profundamente la organización militar. En lugar de que una persona pilote cada aparato, un operador podrá dirigir cientos o miles de drones que se coordinen entre ellos mediante IA. Eso obligará a sustituir algunas estructuras jerárquicas tradicionales por sistemas de mando más descentralizados.

La segunda gran transformación es la IA. Aquí Scharre introduce una idea contraintuitiva: que las principales empresas de inteligencia artificial sean estadounidenses no garantiza una superioridad militar estadounidense. Los modelos avanzados se difunden con enorme rapidez. Según el autor, los modelos chinos se encuentran apenas unos meses por detrás de los estadounidenses. Empresas chinas pueden además aprovechar los avances de los modelos norteamericanos mediante técnicas de distillation, reduciendo considerablemente la ventaja inicial estadounidense.

Por esta razón, en la guerra de la IA importará menos quién invente primero una tecnología que quién consiga incorporarla antes y mejor a sus fuerzas armadas. Es muy interesante a este respecto el artículo de Almudena Lago sobre la Global Nobel Laureates Assembly on Artificial Intelligence and Nuclear War, celebrada del 14 al 16 de julio en Castel Gandolfo y Roma a instancias de la encíclica Magnifica Humanitas de Leon XIV. Más de doscientos científicos y expertos, junto con una treintena de premios Nobel, analizaron las consecuencias que puede tener la IA sobre los sistemas de alerta, inteligencia, mando y decisión relacionados con las armas nucleares. La reunión concluyó con la Declaración de Roma, que reclama nuevas formas de cooperación internacional para evitar que la tecnología avance más deprisa que nuestra capacidad para controlarla. De ahí que la Declaración de Roma reclame auditorías independientes, transparencia, sistemas de verificación y responsabilidades claramente establecidas. La seguridad de la IA no puede depender únicamente de la buena voluntad de las empresas o de los países que participan en la carrera. La ecuación es sencilla y preocupante: más armas + decisiones más rápidas + información menos fiable = mayor posibilidad de error. El artículo termina planteando que la cuestión decisiva no es únicamente qué llegará a ser capaz de hacer la inteligencia artificial, sino si los seres humanos seremos capaces de establecer las reglas para gobernarla antes de que sea demasiado tarde.

Seguimos con el artículo de Scharre. Señala aquí una paradoja muy significativa: tecnologías extraordinariamente poderosas pueden ponerse al alcance de millones de personas mediante una simple suscripción mensual, mientras las instituciones internacionales necesitan años para establecer normas que las regulen.Esta es probablemente la idea central del ensayo. La historia militar demuestra, según Scharre, que disponer de una nueva tecnología no garantiza la victoria. A comienzos del siglo XX, las grandes potencias disponían de tanques, submarinos y aviones. Lo decisivo fue quién desarrolló mejores doctrinas, organizaciones y formas de utilizarlos.

Scharre considera que Estados Unidos debe intentar conservar durante el mayor tiempo posible su pequeña ventaja sobre China. Por ello defiende mantener restricciones a la exportación de los chips de IA más avanzados y de la maquinaria necesaria para fabricarlos. Pero reconoce que estas medidas solo pueden retrasar, no impedir, la difusión tecnológica. Si hoy Estados Unidos dispone de una ventaja de algunos meses en determinados modelos, el objetivo debería ser ampliarla todo lo posible y aprovechar ese intervalo para incorporar las nuevas capacidades a sus fuerzas armadas. La competición tecnológica se convierte así en una carrera permanente: innovar → adoptar → experimentar → reorganizar → volver a innovar.

La BBC alerta sobre la “siniestra” nueva generación de armas.

Otra de las cuestiones más interesantes del artículo consiste en que Scharre sostiene que el mayor problema estadounidense quizá no sea tecnológico, sino institucional y cultural. Las organizaciones militares tienden a defender las estructuras, profesiones y formas de combatir existentes. Históricamente ocurrió con el paso de la vela al vapor, con los tanques o con la aviación naval. Ahora puede ocurrir con los drones y la inteligencia artificial. La IA plantea incluso una cuestión de identidad profesional. Si determinadas tareas que hoy realizan pilotos, analistas, planificadores u oficiales pueden ser parcialmente realizadas por máquinas, las instituciones militares pueden resistirse al cambio para proteger sus funciones tradicionales. Conviene recordar en este punto una de las conclusiones de la Global de Castel Gandolfo y Roma: El físico y premio Nobel Serge Haroche formula una pregunta especialmente sugerente: quizá no debamos preguntarnos únicamente qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, sino qué hijos vamos a dejar a este mundo.

La guerra vuelve a definirse con la IA.

Scharre pone como ejemplo la resistencia de la Marina estadounidense a determinados drones de combate embarcados, en parte porque pueden cuestionar el papel central del piloto de combate. Otro problema fundamental es que gran parte de la innovación ya no nace dentro del complejo militar, sino en empresas tecnológicas privadas. Por eso el Pentágono necesita mantener una estrecha colaboración con las compañías de IA y con sus investigadores. Scharre señala como graves los enfrentamientos entre el Departamento de Defensa con algunas empresas tecnológicas: Estados Unidos no puede permitirse alienar precisamente a los ingenieros que están desarrollando las tecnologías que determinarán la guerra futura. Pero tampoco propone una utilización indiscriminada de la IA. Recuerda sus limitaciones: alucinaciones, sesgos, complacencia con el usuario y comportamientos imprevisibles de los agentes autónomos. Por eso considera imprescindibles desarrollar -con el máximo consenso- sistemas de evaluación, límites de seguridad y supervisión humana.

El artículo no sostiene que Estados Unidos esté a punto de dejar de ser la principal potencia militar. Su advertencia es más sutil: la época en la que Washington podía confiar en poseer armas tecnológicamente muy superiores a las de sus adversarios está terminando. Drones baratos, IA, autonomía y tecnologías comerciales están “democratizando” parcialmente el poder militar. Países mucho más pobres pueden imponer costes enormes a una superpotencia. Por ello, la futura superioridad estadounidense dependerá menos de disponer -potencia nuclear al margen- de unas pocas armas extraordinariamente sofisticadas y más de cuatro capacidades: producir masivamente y a bajo coste + adoptar rápidamente la IA + transformar la doctrina militar + superar las resistencias burocráticas y culturales.

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