“El trabajo de unos enlaza mediata o inmediatamente con el trabajo de otros”

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La frase entrecomillada del título de esta entrada pertenece a la profesora e investigadora Ana Marta González que dirige en la UNAV el grupo de investigación “Trabajo, cuidado y desarrollo“. En la publicación colectiva La urdimbre invisible desarrolla con claridad una concepción del trabajo que permite comprenderlo más allá de su dimensión meramente económica. Ningún trabajador constituye una pieza aislada, pues toda actividad profesional se inserta de algún modo en una obra común. De ahí la importancia que los trabajadores puedan participar de los objetivos y beneficios de la empresa y percibir que su esfuerzo no sirve únicamente a sus intereses particulares, sino que contribuye también al desarrollo de la sociedad.

La urdimbre invisible

El trabajo posee, además, una importante dimensión relacional. En su ejercicio cotidiano se crean vínculos, formas de cooperación y significados compartidos que no son accesorios, sino que forman parte de su valor propiamente humano. Preservar esos bienes relacionales permite que la actividad profesional pueda convertirse también en un espacio de crecimiento personal y ético, y no quede sometida exclusivamente a criterios de productividad, eficiencia o rentabilidad. Aunque estas relaciones humanas no pueden imponerse ni comprarse, las empresas y las políticas sociales sí pueden favorecer las condiciones necesarias para que surjan y se desarrollen. Desde esta perspectiva, el problema no consiste en buscar una sociedad que aspire a liberarse del trabajo, sino en recuperar un trabajo verdaderamente humano: una actividad en la que la persona pueda reconocerse, relacionarse con los demás y descubrir que su esfuerzo forma parte de una tarea que le trasciende contribuyendo al bien común. En realidad, la propuesta clave de la profesora Ana Marta es la humanización del trabajo para dignificarlo.

Humanizar los lugares de trabajo para humanizar el trabajo mismo.

Rafael Serrano ha publicado, en el mes de julio pasado, un artículo sobre la revolución laboral pendiente: dar sentido al trabajo. Elena Escobar también planteó la cuestión en un artículo anterior de 2025. Escobar, profesora de filosofía, considera insuficiente interpretar la actitud de los jóvenes como falta de voluntad para trabajar. Hay un problema económico real detrás de su comportamiento. Muchos jóvenes y millennials viven con una considerable inseguridad financiera, tienen dificultades para acceder a empleos estables y sienten que el mercado laboral les exige continuamente nuevas capacidades sin garantizarles un futuro. La autora recoge un dato de Deloitte especialmente revelador: el 89 % de los millennials y el 86 % de los miembros de la generación Z consideran esencial para su bienestar laboral tener un propósito. Para ellos, incluso puede resultar más importante que obtener un salario elevado. La propuesta final del artículo de Escobar es que no necesitamos solamente trabajar mejor; necesitamos volver a comprender por qué y para qué trabajamos. Un propósito que nuestro entorno cultural está olvidando.

El artículo de Rafael Serrano empieza con dos ejemplos muy interesantes para comprender la cuestión. Élodie, una ingeniera apasionada por su profesión, asciende y termina dedicando la mayor parte del tiempo a reuniones, informes, correos y procedimientos burocráticos. Véronique, radióloga con una fuerte vocación, ve cómo las exigencias de productividad convierten la atención sanitaria en una especie de producción en cadena. Ambas siguen trabajando y no están propiamente «quemadas», pero han dejado de encontrar sentido a lo que hacen. Para describir esta situación se utiliza el concepto de brown-out. A diferencia del burn-out, provocado por el agotamiento, o del bore-out, relacionado con el aburrimiento, el brown-out aparece cuando el trabajador continúa desempeñando su actividad pero la percibe como vacía, absurda o desconectada de aquello que considera importante. No puede desplegar sus capacidades ni hacer bien las tareas que juzga verdaderamente valiosas. De ahí surgen desmotivación, fatiga mental, irritabilidad y pérdida de confianza.

Serrano reúne las aportaciones de distintos sociólogos, psicólogos y filósofos para identificar algunos factores que están deshumanizando el trabajo contemporáneo. En primer lugar la burocratización como ya hemos visto en el ejemplo de Élodie. En segundo lugar, cuando se establece las parámetros directivos de una empresa mediante parámetros y objetivos numéricos. Cuando todo se mide, existe el riesgo de que el trabajador se concentre en alcanzar el indicador establecido y no en hacer bien su trabajo. La automatización puede agravar esta tendencia al arrebatarle iniciativa y convertirlo en mero ejecutor de instrucciones. En tercer lugar, menciona lo que se entiende por “capitalismo flexible”: cambios frecuentes de empresa, contratos temporales, sucesión de proyectos y necesidad constante de readaptarse. La flexibilidad proporciona ventajas, pero también dificulta construir relaciones profesionales duraderas, identificarse con una tarea y desarrollar una auténtica vocación. El trabajo puede convertirse así en una sucesión de empleos sin continuidad biográfica. Y por último, el artículo recupera asimismo la provocadora expresión de David Graeber, bullshit jobs, para referirse a trabajos que quienes los desempeñan perciben como burocráticos o carentes de verdadera utilidad. Serrano no asume la explicación anticapitalista de Graeber ni su propuesta de sustituirlos mediante una renta básica, pero reconoce que su planteamiento contribuyó a poner sobre la mesa una pregunta decisiva: ¿qué ocurre cuando una persona no consigue comprender para qué sirve su trabajo?

El artículo introduce además una distinción especialmente fértil: trabajo, empleo, carrera profesional y vocación no son exactamente lo mismo. Una persona puede perder un empleo sin perder su profesión; puede abandonar determinada carrera empresarial sin renunciar a su vocación; e incluso puede encontrar sentido en actividades que no constituyen un empleo remunerado.

Esta distinción permite evitar que el sentido de la propia vida dependa exclusivamente del éxito profesional. Por eso, la “revolución social pendiente” del título no consistiría primordialmente en trabajar menos ni en eliminar el trabajo, sino en conseguir que el trabajo vuelva a ser reconocible como una actividad propiamente humana: algo que hacemos con otros y para otros, mediante lo cual desarrollamos nuestras capacidades y contribuimos a construir una sociedad mejor.

El trabajo constituye un ámbito privilegiado para ejercitar algunas virtudes humanas importantes: ser fuertes para perseverar ante las dificultades; templados para superar la comodidad; ser justos para cumplir los deberes hacia los demás; prudentes para tomar decisiones acertadas; y también requiere una sucesión de esfuerzos quizá pequeños pero decisivos: orden, puntualidad, serenidad, lealtad, humildad y constancia. Conviene destacar asimismo la laboriosidad y la diligencia -que no supone precipitación-, entendidas como el intento por aprovechar nuestras cualidades y hacer en cada momento aquello que corresponde. Es muy importante conceder una especial atención al cuidado de los detalles, aunque parezcan pequeños, para terminar bien nuestro desempeño.

Lealtad laboral.

Pero estas reflexiones no deben confundirse con el perfeccionismo. El perfeccionista convierte el resultado impecable en un fin y puede acabar descuidando otras obligaciones o incumpliendo plazos. Corre, además, el riesgo de trabajar buscando su propia satisfacción y de sentirse superior por los resultados obtenidos, menospreciando lo que hacen los demás. Trabajar bien exige también realismo, prudencia y humildad -ya lo hemos mencionado supra– para reconocer las propias limitaciones. La perfección buscada no consiste en obsesionarse con un resultado sin defectos, sino en procurar realizar lo mejor posible la tarea que nos corresponde.

Otra cuestión importante, antes de finalizar esta entrada, consiste en no caer en una especie de “profesionalitis” que puede hacernos olvidar que nuestros amigos nos esperan al igual que nuestra familia. Nos esperan y nos necesitan con una sonrisa amable y una actitud disponible, por encima de nuestros egoísmos y cansancios. La profesión -sea cual sea- no es un fin absoluto.

El verdadero prestigio profesional no consiste en buscar el éxito o el reconocimiento, sino en esforzarse por adquirir una mayor competencia para realizar mejor el propio trabajo y servir a los demás. La formación continua —mediante el estudio, la experiencia, cursos o investigación— permite mejorar las capacidades profesionales y convertir el trabajo en un mejor servicio.

Esta concepción del trabajo no identifica la excelencia con unas cualidades extraordinarias reservadas a unos pocos. Cada persona está llamada a desarrollar responsablemente los “talentos” que posee, sin renunciar a aspiraciones elevadas. Al mismo tiempo, la competencia profesional no nos libra de errores y fracasos. Estos forman parte, inevitablemente, de toda trayectoria laboral y pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje, rectificación y crecimiento, sin permitir que el miedo a equivocarnos de nuevo paralice nuestro esfuerzo por mejorar.

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