Emotivismo: una aclaración necesaria

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Desde comienzos de 2025 se viene hablando del “emotivismo religioso” en relación con el sentimiento de muchos jóvenes en determinadas manifestaciones espirituales. Antes de valorar este fenómeno, conviene definir con precisión el término.

El emotivismo, dentro de la Ética, sostiene que los juicios morales no describen hechos objetivos, sino que expresan emociones o actitudes. Ya David Hume afirmaba que la moralidad se basa en el sentimiento más que en la razón. Más adelante, A. J. Ayer defendió que los juicios morales se reducen, en última instancia, a expresiones de aprobación o rechazo vinculadas a experiencias de placer o dolor.

David Hume

En este marco, la moral queda subordinada a lo que cada individuo siente: los sentimientos valoran los hechos, y lo que alguien experimenta en su interior determina la calificación moral de su conducta, sin referencia a criterios objetivos.

Uno de los análisis más importantes sobre esta corriente lo ofrece Alasdair MacIntyre en su obra Tras la virtud. En síntesis, los juicios morales, desde una perspectiva emotivista, no serían más que expresiones de preferencias personales que buscan influir en los demás. No existirían criterios impersonales a los que apelar, aunque a veces creamos hacerlo.

Desde esta lógica, el sujeto emotivista tiende a universalizar sus propios sentimientos: desea que los demás los compartan e incluso que orienten su modo de vida. Sin embargo, se produce una tensión interna: por un lado, se rechaza la racionalidad como criterio normativo; por otro, se pretende que el propio sentimiento tenga validez universal. Así, la moral acaba identificándose con las preferencias individuales, lo que supone una ruptura con la idea clásica de la razón como orientación hacia el bien.

Individualismo

Además, como advierte MacIntyre, en la cultura contemporánea se formulan con frecuencia afirmaciones morales que aparentan apoyarse en normas objetivas, cuando en realidad encubren preferencias subjetivas. El resultado puede ser una cierta sensación de desamparo moral y un aumento del individualismo: sin un bien común reconocible, las relaciones humanas corren el riesgo de volverse instrumentales.

En definitiva, para el emotivismo los enunciados morales expresan sentimientos de aprobación o rechazo y buscan influir en la conducta ajena. Todo queda reducido a la subjetividad, sin normas objetivas compartidas.

Una vez aclarado el concepto, cabe preguntarse qué se quiere decir exactamente con “emotivismo religioso”. A mi juicio, el término se emplea de forma imprecisa cuando se aplica a fenómenos como el entusiasmo de muchos jóvenes en España ante canciones del grupo Hakuna Group Music, la adoración eucarística o la oración comunitaria entre grupos mumerosos de jóvenes.

Concierto de Hakuna Group Music

Aquí no estamos necesariamente ante emotivismo en sentido filosófico, sino ante experiencias emocionales que pueden acompañar —y en ocasiones favorecer— el acercamiento a la fe. La propia Conferencia Episcopal Española ha señalado que los sentimientos deben integrarse con la razón para ayudar al discernimiento y a la maduración de estas vivencias, de modo que puedan dar fruto y sostenerse en el tiempo.

En este sentido, no se trata de rechazar la emoción, sino de situarla adecuadamente. Como recuerdan diversos autores, no existen “atajos emotivistas” hacia la fe: la emoción, por sí sola, no es estable ni suficiente. Tiene valor, pero necesita ser acompañada por la razón, la formación y la vida práctica.

En palabras del teólogo Juan Luis Lorda, la vida cristiana no puede sostenerse en un entusiasmo permanente, aunque ese entusiasmo tenga su lugar. La experiencia muestra que incluso vivencias aparentemente pasajeras pueden dejar huella y, en algunos casos, abrir caminos más profundos.

«Cor ad cor loquitur» 

Por ello, parece más adecuado hablar de experiencias emocionales en el ámbito religioso que de “emotivismo”. Este último término describe una teoría ética concreta con implicaciones filosóficas muy precisas, y su uso indiscriminado puede llevar a confusión.

Llamar “emotivismo” a cualquier vivencia religiosa con componente emocional no solo es impreciso, sino que desdibuja un concepto filosófico bien definido. La emoción puede formar parte de la experiencia de fe, pero no la agota ni la sustituye.

Por eso, conviene afinar el lenguaje: no todo lo emocional es emotivista. Y, desde luego, no toda emoción es incompatible con la razón ni con una búsqueda auténtica de la verdad.

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