La pregunta es planteada, pero de forma diferente cada uno, por dos articulistas y pensadores. Rafael Serrano en “Para tener hijos, faltan recursos… y ganas” sostiene que el descenso de la natalidad no puede explicarse únicamente por las dificultades económicas. Estas existen y son importantes, pero junto a ellas se está produciendo un cambio cultural en los deseos, prioridades y actitudes ante la maternidad y la paternidad. Josemaría Carabante en “Promover la natalidad también es progresista” mantiene como tesis central que la preocupación por la baja natalidad no debería identificarse exclusivamente con posiciones conservadoras. Durante décadas, una parte de la izquierda ha contemplado el crecimiento de la población como una amenaza para los recursos y el medio ambiente.

Comenzamos analizando la secuencia de las cuestiones que plantea Rafael Serrano. En primer lugar, hay que mostrar la magnitud del problema. Francia, Italia, Hungría y España han alcanzado mínimos históricos o muy bajos de natalidad. En España, aunque la población ha aumentado hasta 49,6 millones, ese crecimiento se debe enteramente a la inmigración: el saldo natural es negativo desde 2017 y la fecundidad se situó en 1,10 hijos por mujer en 2024.

Algunos de los gobiernos de estas naciones han respondido con medidas e incentivos de carácter económico y de conciliación. Italia ha introducido ayudas por nacimiento, asignaciones por hijo, subvenciones para guarderías y mejoras en los permisos parentales. Francia estudia medidas semejantes, incluida una asignación universal de 250 euros mensuales por hijo y préstamos sin intereses para facilitar la adquisición de vivienda. Las mujeres francesas nacidas en 1980, por ejemplo, aspiraban a tener una media de 2,7 hijos y finalmente tuvieron 2. Además, los jóvenes europeos señalan los problemas económicos como una de las principales razones del descenso de la natalidad; entre los españoles, lo hace el 61 %. Sin embargo, Serrano señala una dificultad: las ayudas económicas no parecen conseguir por sí solas una recuperación sostenida de la fecundidad. Hungría dedica importantes recursos a las familias —alrededor del 5 % de su PIB— y consiguió inicialmente cierta recuperación, pero desde 2021 la fecundidad ha vuelto a caer. China constituye otro caso especialmente llamativo: después de décadas limitando los nacimientos, ahora encuentra grandes dificultades para conseguir que las parejas tengan más hijos pese a los incentivos.

Otro dos factores importantes son el retraso de la maternidad y la infertilidad que afecta a un 6% de las parejas. El retraso en tener hijos tiene abundantes lecturas aparentemente explicativas: la prolongación de los estudios, la incorporación tardía al mercado laboral, el paro juvenil, los bajos salarios, la precariedad y las dificultades para conseguir vivienda hacen que los jóvenes necesiten más tiempo para alcanzar la estabilidad que consideran necesaria para formar una familia. Junto a estos factores, se encuentra uno determinante: también está disminuyendo el número de hijos deseados. Las generaciones francesas más jóvenes aspiran a tener menos hijos que las anteriores. Entre los jóvenes italianos, además, una gran mayoría no piensa tener hijos a corto plazo, aunque muchos no descartan tenerlos posteriormente. Las encuestas muestran razones que ya no son estrictamente económicas. Entre los jóvenes europeos aparecen el temor a no ser capaces de cuidar adecuadamente a un hijo, la posible pérdida de calidad de vida, la incertidumbre ante el futuro y, de manera especialmente significativa, la dificultad para conciliar las obligaciones familiares con el deseo de realización individual.

¿Y los datos españoles?: El 72 % de los jóvenes españoles encuestados considera que actualmente se concede prioridad a la libertad personal sobre la paternidad. Además, amplias mayorías europeas entienden ser padre o madre como una opción de realización personal entre otras posibles, mientras que muchos de quienes han decidido no tener hijos consideran esa elección fuente de felicidad.

La conclusión es evidente. Por tal razón, Serrano termina con una dificultad que me parece esencial para entender todo el problema: un gobierno puede conceder ayudas económicas, mejorar los permisos parentales o facilitar vivienda, pero no dispone de un mecanismo equivalente para modificar los deseos y las mentalidades. Las causas de la caída de la natalidad son múltiples y están profundamente entrelazadas. Por desgracia desde mi punto de vista ha quedado contestada la pregunta que encabeza esta entrada. Y el suicidio demográfico que inevitablemente supone.

El artículo del profesor Carabante complementa al de Serrano desde una perspectiva más ideológica y cultural. Que haya más población no significa necesariamente que aumente la pobreza. Carabante se apoya especialmente en el demógrafo Paul Morland, autor de No One Left. Why the World Needs More Children. Frente a las tradicionales previsiones malthusianas, Morland sostiene que una población mayor y mejor formada puede generar más riqueza, porque las personas no son únicamente consumidoras de recursos: son también creadoras de conocimiento, innovación y soluciones.

Esta idea enlaza con autores como Julian Simon y Gary Becker, quienes ya habían defendido que la creatividad y el capital humano permiten afrontar la escasez de recursos. Por eso, políticas favorables a la natalidad no aparecen solamente en Hungría o Polonia, sino también en países políticamente diferentes como Francia, Finlandia, Portugal o Australia. El filósofo Victor Kumar advierte de que el descenso de la población puede agravar precisamente problemas que preocupan especialmente a los progresistas, como la desigualdad o la situación de los grupos más vulnerables.
Anastasia Berg y Rachel Wiseman, autoras de What Are Children For?, plantean una contradicción aún más profunda: muchos proyectos progresistas —el conocimiento, el arte, las reformas sociales, la lucha contra las injusticias— presuponen que existirá una sociedad futura que pueda continuarlos. Por tanto, preocuparse por el futuro de la humanidad debería ser compatible con defender que quienes quieran tener hijos puedan hacerlo.

El artículo de Carbante cuestiona también la idea de que fomentar la natalidad sea necesariamente contrario a la libertad de las mujeres. Si los estudios muestran que muchas mujeres terminan teniendo menos hijos de los que realmente desean, facilitar la maternidad podría entenderse precisamente como una forma de ampliar su libertad efectiva.

Otro argumento antinatalista es el temor al deterioro medioambiental. Carabante reconoce esa preocupación, pero considera excesivamente pesimista interpretar el aumento de población como una marcha inevitable hacia el colapso ecológico. El desarrollo científico y tecnológico también permite encontrar soluciones a problemas relacionados con la contaminación y los recursos.

El artículo analiza asimismo la inmigración como respuesta al invierno demográfico. Puede compensar temporalmente la escasez de población activa, pero difícilmente constituye por sí sola una solución permanente. Los inmigrantes suelen terminar aproximando sus pautas de fecundidad a las del país receptor. Además, la emigración de jóvenes y profesionales cualificados puede perjudicar seriamente a sus países de origen.
Carabante considera que hace falta algo más profundo: un cambio cultural en la valoración de los niños, la crianza y la familia. El individualismo y determinadas representaciones negativas de la maternidad pueden influir en las decisiones personales tanto o más que algunos condicionantes económicos.

De ahí una idea particularmente interesante del artículo: el cambio no dependería exclusivamente de los gobiernos por muchas medidas económicas y de conciliación que se tomen, que son necesarias. Por supuesto, ¡bienvenidas serán! La educación, los libros, las películas y las series de televisión también construyen nuestra imagen de la maternidad, la paternidad y las familias numerosas. Si culturalmente los hijos aparecen fundamentalmente como una pérdida de libertad, dinero y oportunidades profesionales, las ayudas económicas difícilmente podrán compensar esa representación. De tal manera que promover la natalidad no debería ser una cuestión de izquierdas o derechas, sino una preocupación común por el futuro de la sociedad. Una población que envejece y disminuye puede tener consecuencias económicas y sociales importantes, desde la disponibilidad de trabajadores y la capacidad de innovación, hasta la sostenibilidad de las pensiones. La pregunta final queda latente, aunque se intuya la respuesta: ¿Qué es lo que ha hecho cambiar nuestra manera de entender la realización personal, la familia, los hijos y el futuro?

Me permito añadir finalmente que la estrategia de la cultura woke ha comprobado que los derechos LGTB, el feminismo radical, la etnicidad y otras cuestiones semejantes ya no movilizan a la izquierda electoral. Aunque resulta contrario a la enumeración anterior, las reivindicaciones islámicas han pasado a ser más motivadoras para lo que se entiende por cultura/ideología woke. Según esta información The Economist sobre el islamismo deja claro el problema: Considera peligroso tanto exagerarlo desde sectores de la derecha como minimizarlo desde la izquierda o el centro político.
El islamismo, entendido aquí como la pretensión de que el Estado imponga principios islámicos, constituye una amenaza real aunque limitada. Negarse a reconocerla por miedo a ser acusado de racismo puede alimentar precisamente las reacciones extremistas que se pretende evitar. En definitiva, el texto propone una posición intermedia: ni la inmigración musulmana constituye por sí misma una amenaza demográfica capaz de «islamizar» Europa, ni debe ignorarse el problema político y cultural que plantean determinados movimientos islamistas. El verdadero riesgo para las democracias liberales se encuentra en la polarización entre el islamismo y las reacciones identitarias de extrema derecha, dos extremos que pueden dificultar la integración, alimentar la desconfianza mutua y favorecer políticas que terminen perjudicando las libertades que precisamente se pretende defender. Importante, para no dejarse llevar, es no confundir el Islam como religión con el islamismo como ideología política.

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