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Antología de artículos

Periodismo literario (12)

La calidad como periodista de Víctor de la Serna merece una nueva entrada que recupere alguna de sus joyas periodistico-literarias. Se adjunta de nuevo la síntesis biográfica con algún dato que la convierte en más completa.

Víctor de la Serna (1896-1958)

Nació en Chile y es hijo de la escritora Concha Espina, tres veces candidata al Premio Nobel. Desarrolló una importante labor como periodista y como escritor. Fundó el diario La Región en Santander. Colaboró con otros periodistas y ensayistas del 27 en El Sol de Madrid (1931-32). También fue redactor jefe de Informaciones (1934-35) y editorialista de La Época (1935-36). Dirigió Informaciones entre 1936 y 1939. También fue director de dicho periódico después de la guerra civil hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Conocido falangista desde la República se convirtió en un informador del régimen nazi al trabajar para la embajada alemana durante la guerra mundial. En el año 1938 fue premio Mariano de Cavia. Después de la guerra continuó su infatigable labor de periodista y colaboró con la revista ilustrada Vértice

Los artículos de Víctor de la Serna han sido reunidos en dos volúmenes Nuevo viaje de España (1955) y España, compañero (1964). Como escritor, destacó en la literatura de viajes, publicando obras especialmente dedicadas a Santander como Doce viñetas. Santander (1929) y Nuevo Viaje de España. La Vía del Calatraveño(1959) publicada póstumamente y Nuevo viaje de España.La Ruta de los Foramontanos (1956), por la que recibió el Premio Nacional de Literatura.En 1970 la Asociación de la Prensa de Madrid creó el Premio Víctor de la Serna. Lo acusado de su vertiente ideológica no nos impide reconocer su maestría como periodista. Tal cuestión va a ser recurrente -a lo largo de esta antología- al ser necesario incluir autores de todos los espectros ideológicos. Les invito a una reflexión sobre este tema tan espinoso como interesante: ¿Se puede separar la persona del artista y por tanto de su obra? ¿La posición ideológica del artista invalida los méritos artísticos?

***

Clérigos y abogados
La Voz. 17 de junio de 1932 

Don Álvaro de Albornoz, muy enfadado, vamos a suponer que con ra­zón, asegura que el Gobierno y la República no abrigan el menor propósito de persecución hacia la Iglesia católica.

Afirma tan sólo, con mucha razón, no ya supuesta, sino real, que no se puede cobrar de un régimen y abominar de él, atacándolo. Cuando le di­cen que otro tanto hacían los republicanos con la Monarquía se enfada mucho más, y con él el grueso de la Cámara.

Todo ello ha sido a cuenta de una petición del padre Guallart, que se debate como un león entre los gritos de la Cámara, pidiendo que lo devuelvan las temporalidades al obispo de Segovia.

El arzobispo Jiménez de Rada, montando a caballo en la batalla de las Navas de Tolosa, no tuvo que luchar más valerosamente que este presbíte­ro. Pero el Miramamolín está duro de pelar hoy, y el padre Guallart tiene que batirse en retirada, cubierto por el Sr. Royo Villanova.

La gama de interrupciones es hoy tan rica como no ha sido jamás. Todo el mundo interrumpe un poco. Hasta el señor Besteiro, que reprende, ya un poco quemado, a Pérez Madrigal.

Entre éste y el Sr. Royo Villanova se entabla un diálogo tan inconprensible como éste:

MADRIGAL.— ¡Cuénteselo su señoría a Romanones! ROYO.— ¡Se lo contaré a la abuela de su señoría! MADRIGAL.— ¿Mi abuela? ¿Qué dice su señoría?

Portada de la revista satírica La Traca de mediados de los años 30, criticando el cambio político de Pérez Madrigal, que evolucionó desde un republicanismo izquierdista radical y anticletical a posiciones cercanas a la extrema derecha.

Royo.— ¡Viva la libertad!

MADRIGAL.- ¡Su señoría me ha ofendido!

Royo.— ¡Muera el fascismo!

Antonio Royo Vilanova

Se sientan y se quedan tan tranquilos. El deán de Granada, Sr. López Dóriga, evangélico, severo, intenso ahora en el sentido literal de la palabra, llora sobre Jerusalén. Y le aplau­den muchísimo todos los diputados, menos católicos. El Sr. López Dóriga es el Gran Heterodoxo de estas Cortes…

Total, la proposición de Guallart queda hecha tiras. Y la Cámara ini­cia un movimiento de migración sorprendente. Los diputados se atropellan para huir del salón. Don Luis de Tapia se va a la tribuna de la Prensa. Entra muy de señorito campechano el mundo interrumpe un poco. Hasta el señor Besteiro, que reprende, ya un poco quemado, a Pérez Madrigal.

Total, la proposición de Guallart queda hecha tiras. Y la Cámara ini­cia un movimiento de migración sorprendente. Los diputados se atropellan para huir del salón. Don Luis de Tapia se va a la tribuna de la Prensa. Entra muy de señorito campechano:

—¿Qué hay? ¿Tenéis la votación? 205 votos contra 35. ¡Qué habrán dicho esas chicas tan guapas de cómo hemos puesto a los curas! …

Está muy contento el magnífico D. Luis, señorito y tuteador como un rey constitucional.

—¿Tenéis mucho calor?

Sí, simpático D. Luis. Mucho calor. Vea usted la manera de que llegue a nosotros la refrigeración de que ustedes disfrutan. O, por lo menos, un par de ventiladores.

¡Don Luis de Tapia! ¡Cuántas veces le habrán llamado a usted “carita de emperador” por esas aceras soleadas de Madrid, tan del dominio de su zapato de charol! ¡Don Luis, tan bien vestido, tan currucato y tan hablador! Por Dios —con perdón sea dicho—, apadrine usted a sus camaradas de tribuna y proporciónenos esas mínimas comodidades elementales de europeo a que tenemos derecho.

Yo, de mí sé decir que el día que me vea sentado cómodamente, con un pupitre que no baile, con un poquito de aire puro, estoy dispuesto a decir maravillas: que el Sr. Abad Condo tiene madera de ministro, por ejemplo.

De la frivolidad de esta crónica tiene la culpa la sosera de esta sesión de la Cámara española. ¿Qué culpa tengo yo?

¡Hay tantos abogados sentados por estos escaños!

Y sino, ese diálogo puntilloso y bizantino entre el Sr. Alba y el Sr. Besteiro sobre si debió imprimirse o no el dictamen de la Comisión sobre el carácter del Tribunal que ha de juzgar las responsabilidades del gol­pe de Estado.

Se enredan los dos “lisensiados” en unos distingos insoportables. Por si era poco, interviene el Sr. Ossorio…

Y yo, con la venia de la Sala, me voy. Yo he venido aquí de cronista par­lamentario y no de redactor de tribunales… Y tendría que cobrar aparte.

***

¡Caminito…, caminito!

La Voz. 28 de junio de 1932

“La milicia no es más que una religión de hombres honrados”.

En esta religión ha comulgado uno bajo el pontificazgo del entonces coronel Villegas, en un regimiento que tenía por mote El Defensor, por ci­mera tres corbatas de San Fernando y una historia de valiente. Era, además, el regimiento que más premios ganaba en concursos de tiro.

Uno era soldadito de cuota. Y en la casa de huéspedes provinciana era mi compañero de cuarto un hoy capitán famoso, príncipe de las rutas del aire en el español imperio. El cual capitán saludó mi llegada a la habita­ción con este dístico escrito con jabón en la luna del espejo:

¡Oh mancebo, a tiempo llegas!
Ya se ha marchado Villegas.

No era por nada. Es que el coronel Villegas nos metía unos paseos mi­litares y unas instrucciones, sin duda muy saludables para el buen espíritu militar, pero que a nosotros, que éramos unos gomosos pinchaúvas, nos pa­recían una manía deplorable del coronel. No estábamos en lo cierto; aque­llos paseos y aquellas instrucciones preparaban a los lobatos que en Tizi-Assa habían de batirse “desde el alba a la estrella”, aguantando el fuego de los moros en la acción más dura de toda la guerra. ¡Cómo caían, señor los pobres soldaditos del 23 de línea! ¡Pero cómo huían los moros clamando “Mahomet”! General Villegas: que Dios guarde hoy a vuecencia. Unos señores diputados se pelotean la Reforma Agraria. Todo es de mentirijillas. Ni los demás diputados, ni el presidente, ni los espectadores hacen caso. No se habla más que de los generales, ni más ni menos que si estuviéramos mediando la decimonona centuria. Circulan los nombres de los espadones de moda; se cuenta que el presidente del Gobierno llamó es­ta mañana muy amablemente a dos y les pidió que resignaran el mando allí mismo en el despacho. Y que los generales, que entraron con mando por una puerta, salieron sin mando por la otra.

Pero ¡vaya usted a saber cómo fué ello! En fin, anda por pasillos y tri­bunas “venticello” isabelino, aire viejecito que había estado guardado en los pliegues de las molduras renacentistas del salón de sesiones. Trocitos de historia de España que se habían quedado allí heladitos, como esos carámbanos de nieve que se les quedan olvidados a los inviernos en Sierra Nevada o en el Aneto.

Pero sospecho que este ministro de la Guerra va a deshacer como ho­jaldre entre los dedos esos pedacitos apolillados de Historia de España.

Y a todo esto ¡venga a hablar de reforma agraria unos caballeros que no habían dicho “esa boca es mía”! Pero que deben de saber de agricultu­ra muchísimo. Tanto, como deben de entender de arte los señores esos que se sientan en los ventanales del Círculo.


Una imagen poco habitual de Manuel Azaña, tomando café con leche, e Indalecio Prieto, con semblante serio, en el bar del Congreso de los Diputados en la primavera de 1936. Poco tiempo después de ser tomada esta foto, en estos dos hombres se concentrarían algunas de las decisiones más dramáticas de los primeros meses de la Guerra Civil (O EFE).

La sesión transcurre subterránea, por debajo de rumores y cabildeos, peticiones de firmas para presentar esta noche una proposición incidental; cuchicheo y cotilleo. La pobre reforma agraria marcha sobre la palabra lenta, premiosa y mediocre de oradores segundones, ante la indiferencia de las gentes.

Yunteros de Extremadura en 1936

El palo es de espadas. Parece que lleva triunfos D. Manuel Azaña.

Mañana por la mañana aparecerá risueño ante el país:

—Vean, señores. ¡Nada por aquí! ¡Nada por aquí!

Y habrá escamoteado el último naipe con el as de espadas.

Comerse unas migas a la mañanita en Carabanchel puede ser una co­sa inocente. Puede no serlo, también…

O nos sometemos a su “jettatura” o lo borramos del mapa.

¡Caminito…, caminito!

Un paseante en las Cortes

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