Periodismo literario (11)
La historia del periodismo español en la Edad de Plata del pasado siglo tiene una larga nómina de autores. Al intentar antologizar su obra , se agolpan las posibilidades de nombres y escritos para ser rescatados del olvido. Se trata de volver a editar otra vez alguna de sus páginas ya amarillentas pero injustamente olvidadas. Los autores que vamos a leer en sucesivas entradas son muy buenos periodistas -profesionalmente hablando- con una magnífica formación intelectual y cultural. No se limitaron, únicamente al formato sonetista del artículo o de la columna. Cultivaron todos los géneros del periodismo la crónica, la entrevista, el artículo, el reportaje, la columna,etc.
Víctor de la Serna (1896-1958)

Nació en Chile y es hijo de la escritora Concha Espina. Desarrolló una importante labor como escritor y especialmente como periodista. Fundó el diario La Región en Santander. Colaboró con otros periodistas y ensayistas del 27 en El Sol de Madrid (1931-32). También fue redactor jefe de Informaciones (1934-35) y editorialista de La Época (1935-36). Dirigió Informaciones entre el 1936 y el 39. En el año 1938 fue premio “Mariano de Cavia”. Después de la guerra continuó una infatigable labor de periodista y colaboró con Vértice. Los artículos de Víctor de la Serna han sido reunidos en dos volúmenes Nuevo viaje de España (1955) y España, compañero (1964).

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Estamos ante un auténtico maestro de periodistas. Sus crónicas, sus artículos son para leer en la actualidad sin que hayan perdido frescura. En cierto modo, parecen previstos para ser desentrañados docentemente, como modelos del buen periodismo, en facultades de comunicación. Un lujo del periodismo, y lo más difícil para el que antologiza es intentar no pasarse en el número de artículos seleccionados. La mayoría de sus artículos, al menos, han sido rescatados en varios volúmenes. Lo mejor’ sus crónicas parlamentarias: Un Paseante en las Cortes. Para muestra este ejemplo. Todo el frío humor de De la Serna se pasea por Las Cortes Españolas de aquel año (1932). La sesión es aburrida. Besteiro casi se enfada intentando imponer el silencio. Más tarde sesión secreta, dificultades para informar: unas palabras valen más que mil imágenes.
Un paseo en las Cortes: Pesadumbre
La Voz. 8 de junio de 1932

Víctor de la Serna con los miembros del jurado que le otorgó el Mariano de Cavia
En este cronicón, becerro o cartulario que vamos haciendo cuartilla a cuartilla, los periodistas parlamentarios con los sucesos notables acaecidos en el hemiciclo, hay que registrar éste: hoy aparece el elegante diputado Sr. Altabás presentando una “tonue” de balandrista, ciertamente fascinadora.
Aquel palatino famoso, Careaga, as de las escotas y de las drizas, de los foques y la cangreja, hubiera palidecido de envidia presenciando la entrada y paseo del Sr. Altabás en el palacio de las Cortes constituyentes. El ministro de Marina no sabía qué hacer. Hasta que Altabás da fondo en su escaño no decae el emoción.
Continuamos —¡bueno, continúan ellos!— con lo de la reforma agraria. Yo estoy dispuesto a afirmar, al menor ruego que se me haga, que al agro interesa muchísimo a los diputados. Pero como no se me ha hecho el ruego, solamente puedo afirmar que a quien interesa la reforma es a los diputados orantes. Es decir, a los que hablan del asunto en este largo y premioso debate.
El guirigay que arman las conversaciones privadas en escaños y tribunas pone a prueba la paternal tolerancia de D. Julián Besteiro, que acaba mirando severamente —severamente, pero sin reprimir del todo su sonrisa— a la tribuna de la Prensa.
Pero luego tiene un rasgo de delicadeza inolvidable: tañe suavemente la campanilla de voz de soprano que estrenó ayer, y mirando a la única tribuna donde no se charla, dice:
—Ruego a los señores que nos honran viniendo a oírnos que no se hagan oír a su vez excesivamente.
Todo esto nos endulza un poco la pesadumbre de tener que aguantar lo siguiente: Primero. El vigésimo discurso sobre la tipicidad del problema agrario en Galicia. Segundo. Un hermosísimo bosque de elocuencias, tan indudables como incom-
prensibles, que exhibe el Sr. Fernández Clérigo.
Tercero. Las “entradas” que las hace a todos los “equipiers” de la reforma el comisionista —miembro de la Comisión— D. Juan Martín, verdadero guerrillero, verdadero “Empecinado” de la causa.
Cuarto. Un discurso del señor Velayos “sobre lo mismo”, y emitido en tres distintas voces, según los estados emocionales del susomentado Velayos. Tres voces distintas y una sola pesadez verdadera. Tan verdadera, que ya ni el “Empecinado” interrumpe, y le tienen que substituir unos cuantos escuderos, que dialogan con el polifónico Sr. Velayos.
Empieza uno a preocuparse seriamente de este debate. Porque yo creo que en esto hay una mano oculta interesada en el fracaso de uno como periodista. Y le echan a uno estas sesiones, como si uno fuera un periodista viejo y experimentado. Empieza uno a preocuparse, sí…
Puestos a registrar sucesos indumentarios, registremos con toda gentileza el estreno de un sombrero por parte de la señorita Kent, c.p.b.
Y registremos finalmente nuestra protesta por las dificultades periodísticas que presenta esta tarde, que se salva con apuros. Ni siquiera le permiten a uno decir si va a haber eso de la sesión secreta, a la que el catecúmeno no puede asistir y a la que sólo tienen acceso los ungidos con las órdenes sacerdotales del acta.
Yo propondría que todas las sesiones fuesen secretas…
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