Maryanne Wolf, directora del centro para estudiantes con diversas necesidades en UCLA, escribe en su libro Reader come home un conjunto de cartas a los lectores que reflejan sus preocupaciones y también sus esperanzas ante el impacto de la tecnología en nuestros cerebros y en el desarrollo de las capacidades intelectuales. Las universidades inglesas han detectado que sus alumnos no son capaces de leer una novela extensa o un ensayo importante con muchas páginas. Un cierto analfabetismo literario que se manifiesta en el poco interés que los alumnos tienen en matricularse en grados de Filología.

Este triste tema me ha hecho recordar que en 1973 se empezaron los estudios de Filología en la UNED bajo el paraguas de la Facultad de Filosofía y Letras. Durante un par de años tutoricé a varios alumnos de filología, al tiempo que les impartía clases de Historia de la Literatura Española I y II. La Literatura Española II desarrollaba su programa hasta el principio de los años setenta del siglo XX.

Recuerdo que en una de las clases semanales (tres horas seguidas con pequeños descansos) empezamos a comentar un texto de una novela publicada en 1961. El autor generaba a lo largo de la novela algunos neologismos. Uno de ellos lo acabo de recordar con motivo de la actual guerra de Irán y los problemas del estrecho de Ormuz: ormuzorimadiana. Uno de los alumnos contestó perfectamente al desentrañar el neologismo.

Se componía de la combinación de dos deidades contrapuestas de la filosofía mazdeísta (Zoroastro). Ormuz es el bien frente al mal representado por Arhiman. Como consecuencia se produce un ejercicio filosófico maniqueo, que nos sitúa también en el conflicto bélico actual.

El alumno -futuro filólogo- poseía lo que en aquellos años se denominaba cultura general y en la actualidad cultura a secas. La cultura general consiste en tener algunos conocimientos y referencias sobre el pasado y el presente del mundo que nos rodea, de tal forma que estos se entienden y se relacionan. Se trata de conocimientos básicos sobre historia, geografía, ciencia, arte, literatura, actualidad, etc. Puede pensarse que alguien con cultura tiende a saberlo todo pero no es así. Se trata de una base sólida para depositar conocimientos y entender mejor la realidad cultural que nos rodea: tomar decisiones con la información necesaria y ser capaz de entender los cambios sociales, profesionales y tecnológicos. Hacia mediados de los setenta empezaron a surgir críticas contra las licenciaturas que empezaban por cursos comunes e introductorios. Se reclamaba una especialización temprana desde el principio de la carrera. Los que no estaban de acuerdo con este planteamiento utilizaban como argumento que aquel que se especializa en exceso acaba sabiendo “todo” de “nada” y el que no avanzaba en el saber general terminaba sabiendo “nada” de “todo”.

Continuando con la preocupación de las universidades inglesas por el declive de los estudiantes lectores, estas han decidido iniciar unos cursos de “resistencia lectora”. Como dice el avance de Nueva Revista sobre el asunto se intentan dar facilidades a los alumnos en el diseño de sus grados y en sus listas de lectura. Suena, de forma inevitable, a decadencia: John Mullan, profesor de Literatura en la Universidad de Londres, justifica estas facilidades y las compara con las que él no tuvo: «Cuando yo estudiaba, no creo que mis profesores le dieran demasiada importancia a las opiniones de los estudiantes, y estos tampoco lo necesitaban… Ahora, si queremos que algo funcione, tenemos que hacer el trabajo de explicar o persuadir». El problema está diagnosticado y no merece la pena insistir en las causas: «Muchos alumnos no están acostumbrados a sentarse a leer un libro durante cinco o seis horas. Cuando planificamos el curso, tenemos que pensar un poco más en eso», añade el maestro.

Efectivamente hay que planificar el curso partiendo de consejos primarios e iniciales que sean capaces de generar un hábito de lectura sostenida. Ya lo están haciendo en otros países europeos: Varias universidades de Países Bajos han introducido cursos obligatorios de lectura académica y escritura en su primer año. En la de Utrecht, por ejemplo, los estudiantes de primer curso reciben formación sobre cómo leer artículos académicos, cómo analizar argumentos complejos, cómo sintetizar capítulos de libros y cómo gestionar listas de lectura extensas. En algunas universidades escandinavas, como la de Stavanger (Noruega), han experimentado con seminarios de slow reading, inspirados en investigaciones sobre atención y comprensión.

John Müller ya había escrito sobre este declive con algunas soluciones que se habían puesto en marcha: Por otro lado, modernos métodos de aprendizaje de la lectura, como la llamada alfabetización equilibrada, habían ignorado la importancia de la fonética en edad escolar, sin la cual no es posible llegar a leer bien, como han demostrado estudios cognitivos recientes. No se puede olvidar, además, que en la lectura es importante «situar el texto en su contexto» de manera que, si se reducen los conocimientos de los estudiantes se reducen sus contextos, apunta el pedagogo Gregorio Luri. La mejora del rendimiento en Misisipi, gracias a reformas de la enseñanza de la lectura —incluyendo la fonética—, ha hecho que 45 estados de EE. UU. y el distrito de Washington apliquen, por ley, estrategias de lectura respaldadas por la evidencia.

En fin, que es necesario combinar la disciplina en la enseñanza junto a la correspondiente exigencia sin ceder tan rápido ante la desgana.

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