Tener menos hijos o ninguno está cambiando la sociedad

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La frase que titula esta entrada procede de Mark J. Warshawsky, quien reflexiona en un artículo reciente sobre la disminución de la natalidad y sus consecuencias en The American Enterprise —revista de política pública—. He sentido un escalofrío al leer otros artículos de la revista, como Will the Immigration Debate Break Our Nation?, de Charles Lane. Pero dejemos este asunto para otra ocasión.

Imagen del inicio del artículo.

El artículo expone de forma científicamente despiadada las cuestiones más relevantes sobre el problema demográfico. Las muertes por desesperación —que incluyen suicidios y fallecimientos relacionados con el alcohol y las drogas— aumentaron ligeramente en la década de 1960, se mantuvieron estables hasta el año 2000 y, a partir de entonces, crecieron de forma notable, especialmente las relacionadas con las drogas. Este incremento se acentuó aún más entre 2010 y 2022, principalmente por las drogas, aunque también por el alcohol y los suicidios. Solo recientemente han disminuido, presumiblemente debido a controles más estrictos sobre el uso de opioides, aunque siguen en un nivel elevado: 51 por cada 100.000 habitantes. Como referencia histórica, el máximo se alcanzó en 2021, con 62 por cada 100.000, tras el aislamiento y las restricciones de la pandemia: casi el doble que en el pánico financiero de 1907 y el triple que en la Gran Depresión de 1931. […] En paralelo, el porcentaje de hombres que no habían tenido relaciones sexuales en el último año pasó del 9% al 24%, y en las mujeres, del 8% al 13%. Si se toma como referencia un período de tres meses, las cifras también aumentan: del 20% al 35% en hombres y del 21% al 31% en mujeres. Según Stone, el principal factor directo detrás de la disminución de la actividad sexual es la caída del matrimonio. Mientras tanto, el gasto en mascotas ha crecido desde 2001. A esto puede añadirse el suicidio asistido, es decir, la eutanasia: en Canadá ha aumentado un 31% entre 2016 y 2023.

Este tema crucial también lo aborda Rafael Serrano en el artículo titulado “Para tener hijos, faltan recursos… y ganas”. Los datos recientes muestran un descenso generalizado en nuestro entorno europeo más cercano. Los recursos importan, pero no son determinantes. El problema, según el autor, reside en la actitud y en la mentalidad. Algunos datos ilustrativos: en 2025, Francia ha registrado más defunciones (645.000) que nacimientos (615.000) por primera vez desde la II Guerra Mundial. Italia, con saldo vegetativo negativo desde 2007, alcanzó en 2024 su mínimo histórico de nacimientos (369.900), un 2,6% menos que el año anterior. Hungría también pierde población y ha bajado por primera vez de los 9,5 millones de habitantes; su natalidad en 2025 es la más baja desde el final de la guerra, con una fecundidad de 1,31.

En España —recuerden el artículo Will the Immigration Debate Break Our Nation?— la población alcanza un máximo histórico de 49,6 millones. Pero este crecimiento se debe exclusivamente a la inmigración, ya que el saldo natural es negativo desde 2017. En 2024 descendió a –116.000. Los 318.000 nacimientos de ese año constituyen el mínimo histórico, al igual que la fecundidad: 1,10 hijos por mujer, la más baja de todos los países mencionados.

El dato se refiere a E.E:U.U.

Francia e Italia han impulsado políticas de estímulo a la natalidad: ayudas económicas por hijo, conciliación laboral y familiar, apoyo a guarderías, ampliación de permisos parentales, etc. En el caso del presidente Emmanuel Macron, se añade una asignación de 250 € por hijo junto a ventajas fiscales. Medidas evidentes que llegan tarde. Cabe preguntarse: ¿son suficientes las causas económicas para explicar el fenómeno? ¿O existen factores más profundos que requieren otro tipo de respuestas? China, por ejemplo, afronta el envejecimiento de su población junto con un cambio de mentalidad en las nuevas generaciones, pese a los incentivos. Pero las nuevas parejas no quieren tener hijos.

Rafael Serrano apunta también a factores no económicos. En primer lugar, la infertilidad: una de cada seis parejas lo es, según la OMS. Además, el retraso en la maternidad —especialmente más allá de la edad óptima en torno a los 25 años— reduce las probabilidades de concebir. El problema es también masculino: la oligospermia. Un estudio de 2022 indica que la concentración media de gametos ha descendido un 50%. Influyen también factores como la contaminación, el alcohol y los hábitos de vida.

Sobre la actitud hacia la maternidad y la paternidad, los datos son reveladores. Una encuesta del Istat (2024), indica que solo el 21% de las personas en edad fértil planea tener un hijo en los próximos tres años (frente al 25% en 2023). Además, menos de la mitad de quienes en 2019 tenían esa intención la han cumplido. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el 90% no desea tener hijos en ese plazo, aunque el 81% sí contempla ser padre o madre en el futuro. […] En otro sondeo de Il Sole 24 Ore, el 80% de los jóvenes de 18 a 35 años no descarta tener hijos, pero muchos alegan obstáculos no materiales: entre el 30% y el 50% no se sienten capaces de asumir esa responsabilidad; entre el 34% y el 52% temen perder calidad de vida; entre el 53% y el 70% se ven frenados por la incertidumbre; y entre el 57% y el 70% consideran difícil conciliar desarrollo personal y familia. Los porcentajes más altos se registran en Italia.

En España, un 72% considera prioritaria la libertad personal frente a la paternidad, cuatro puntos más que el máximo en otros países. Ser madre o padre queda fuera del horizonte de felicidad de muchos. ¿Cómo revertir esta mentalidad, esta actitud, esta cultura decadente y suicida?

Sobre ello, Mark J. Warshawsky señala que la relación entre la baja natalidad y fenómenos como las muertes por desesperación, la caída del matrimonio, la disminución de la actividad sexual, el aumento del gasto en mascotas o el suicidio asistido no es necesariamente causal, pero sí apunta a vínculos estructurales. Probablemente intervienen múltiples factores que se refuerzan entre sí.

Lo indudable es que el egoísmo no conduce a la felicidad: termina en frustración. La experiencia de formar una familia y tener hijos en el momento adecuado supera cualquier cálculo. Negarlo forma parte de un engaño cultural que nos empuja hacia el precipicio. Como afirma el psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas, , podríamos decir que Santa Teresa de Calcuta fue infinitamente más feliz que quien aparece en la portada de Hola! defendiendo que lo esencial es hacer yoga tres veces por semana. […] Y, si no hemos vivido grandes dramas, conviene acercarnos con honestidad a quienes sí los padecen: están cerca, en nuestro entorno cotidiano. Ese contacto nos revela qué merece realmente la pena y nos conduce a mayores niveles de bienestar, estabilidad y felicidad. No pasen por alto el sentido de la reflexión de esta entrada: puede ser contracultural, pero se enfrenta a la mentira y al engaño precisamente porque aspira a la verdad.

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