El título de esta entrada pertenece al Libro del caballero Zifar. Rosa Navarro (Figueras, 1947) dedica el capítulo quinto a este libro clásico en su última publicación: El Festín de la Palabra. Lecciones de los clásicos españoles. Es una filóloga y catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona, donde ha ejercido la docencia desde el año 1969 hasta 2018; en la actualidad es profesora emérita de dicha Universidad.

En este magnífico libro decide saborear lo conocido para saborear el camino del recuerdo. Como la propia profesora lo expresa con estas palabras: Así se ofrecen estos bocados de textos clásicos: no son síntesis de argumentos, son solo pasajes, fragmentos con sentido, con gusto dulce o amargo, picante o ácido; pero servidos con la esperanza de que resulten sabrosos, aunque bien se sabe que, en materia de gustos, cada cual tiene el suyo. No son de oro, como dice el título del libro sapiencial Bocados de oro, porque antes de guardarlos en nuestro «almario» como pequeñas joyas hay que paladearlos. Comenta Horacio en la epístola 2, libro II, hablando de la poesía, que «no todos admiran y aman las mismas cosas» y lo ilustra con una comparación (sigo la traducción de Horacio Silvestre): Se me figuran tres comensales, por así decir, en desacuerdo, /que piden platos muy diferentes para su variado paladar./ ¿Qué he de servir? Tú rechazas lo que encarga otro, /y lo que pides tú es odioso y ácido para los otros dos.

La selección se inicia en el siglo XII y concluye en los treinta primeros años del siglo XVII. No nos encontramos ante un concepto tradicional de antología: reproducción de textos con una introducción o como recoge la primera acepción del Diccionario de la lengua española: Colección de piezas escogidas de literatura, música, etc. Ninguno de estos sinónimos se corresponde con lo realizado por la profesora Navarro en este libro: selección, colección, compilación, selectas, florilegio, analectas. Cada pasaje seleccionado se complementa con glosas y comentarios. La autora quiere despertar el interés de los lectores para que se adentren de nuevo o lo hagan por primera vez en los libros seleccionados. Pero como advierte la profesora Navarro para disfrutar tiene que gustar la lectura. Contrariamente a lo que se piensa los libros clásicos no son difíciles de comprender: El Lazarillo, el Quijote o La Celestina sirven de ejemplo. En total los bocados preparados para el festín de la palabra son veinte. Consejos que conviene recordar, escenas en las que se refleja el dolor, consejos que no conviene seguir, y bocados amargos como la hiel o el acíbar; pero si no se catan, no se sabe su gusto. A lo mejor todavía no se ha entendido con claridad la estructura de cada capítulo.

Veamos algún ejemplo.

El capítulo 3 se encuadra con la siguiente frase del libro Calila e Dimna: No busques lo que no podrás conseguir, conténtate con lo que tienes. Se inicia de esta manera: Este consejo está traducido del árabe al castellano en el Calila e Dimna a mediados del siglo XIII, parece que en 1261; pero ya se contaba en el Lejano Oriente mucho antes, porque la sabiduría enriquece la corriente literaria sin límites de espacio ni de tiempo, ¡hay que beber de ella! Se nos ha conservado la obra en tres manuscritos con muchas divergencias, con muchísimas variantes. […] Los dos animales que dan título a la compilación, Calila y Dimna, son dos lobos cervales; pero además de ellos y de otros animales hay personajes humanos en ese compendio de sabiduría que ofrece normas de conducta en forma de relatos, de ejemplos, cuya sustancia se condensa en proverbios, en sentencias. Se dice al final del segundo ejemplo: El saber esclarece mucho el entendimiento, así bien como el olio que alumbra la tiniebla, ca es la oscuridad de la noche; ca el enseñamiento mejora su estado de aquel que quiere aprender. […] La historia elegida está en el capítulo XI, donde el consejero Beled le aconseja a su rey, Çederano, que no busque lo que no podría encontrar, que lo olvide y se contente con lo que le ha quedado, con lo que tiene. Y Beled sigue diciéndole a su rey: «Non seas tal como el ximio con las lantejas». El rey quiere saber qué le pasó al mono con las lentejas, y es aconsejable anotar esas palabras porque siguen siendo perfectamente válidas como pequeña fórmula para la conquista de la felicidad. Un hombre que llevaba un saco de lentejas entró en un bosque. Cansado, dejó el saco en el suelo y se echó a dormir. Cuando estaba en sus sueños, bajó un mono de un árbol y tomó un puñado de lentejas. Volvió a subir enseguida al árbol para comérselas, pero se le cayó una de la mano y bajó de nuevo a buscarla. Al hacerlo, se enredó en las ramas y se le cayeron las demás, de modo que perdió todas las lentejas. El asunto de este libro empezó con la sabiduría hindú; los árabes lo cuentan y se reproduce en castellano en el siglo XIII. Los consejos y advertencias permanecen sin variaciones temporales para no perderse en la actualidad de 2026. Les aseguro que vale la pena leerlo.

Como dice Santos Domínguez en una recensión de este libro: Textos de clásicos inmortales que, desde el fondo de los siglos y la tradición literaria, siguen hablando al lector actual para avisarle contra la manipulación de la palabra y la confusión entre la verdad y la mentira, para acompañarle a la lucidez y la prudencia y advertirle sobre los peligros de la vanidad y el halago, para defender la autonomía afectiva y la independencia de pensamiento y prevenir sobre el poder destructivo de las mentiras y el engaño interesado de las falsas promesas, para reivindicar en definitiva la prudencia y la responsabilidad, la dignidad moral y la conciencia ética. Para hablar, en definitiva, con las palabras de los clásicos españoles, de virtudes y vicios que atraviesan la historia de los hombres por encima del tiempo. Porque -concluye Rosa Navarro al final del libro- las palabras, que pueden ennoblecer o envilecer la realidad, “han sido y son muy poderosas, dañan o ayudan, condenan o salvan, ¡ojalá las de esta degustación abran deseos y tiempos para seguir leyendo a los clásicos!”

Sinceramente no tengo nada más que añadir. No se lo pierdan: Algunos bocaditos sí están hechos de versos, pero la mayoría no; están sacados del horno o del texto, y son sabrosos, muy sabrosos… ¿Gustan? ¡Que aproveche!

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