Escuchar la realidad

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En el último de los capítulos —«Cómo rescatar lo académico de su actual postración»— del libro Sócrates en el aula: Lo que la filosofía puede enseñar a la educación, del profesor José María Barrio, aparece como una de las soluciones a los numerosos problemas educativos la necesidad de escuchar la realidad. Las reflexiones de Barrio en este ensayo se producen frente a teorías educativas desencantadas y posmodernas.

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Ante los continuos malos resultados en PISA, la respuesta suele limitarse a reclamar más recursos económicos, aunque a lo largo del siglo XXI el aumento de la inversión ha sido constante. En palabras del profesor Barrio: «En España la escuela se está convirtiendo en uno de los principales enemigos del conocimiento, y hay muchos empeñados en convertirla en un parque con columpios y mariposas donde los niños y jóvenes están entretenidos, interactuando o haciendo juegos divertidos. Desde luego, con niños muy pequeñitos lo que hay que hacer es jugar a los cinco lobitos, al corro de la patata y cantar canciones en inglés. Pero incluso en la escuela infantil, si se trata de una institución escolar, aunque sea en un nivel elemental, hay que ir poco a poco pidiéndoles y procurando capacitarles para un esfuerzo intelectual de estudio, tal vez comenzando por un plano inclinado que al principio es muy inclinado, pero tratando de adiestrar poco a poco a esas criaturitas en este hábito de concentrar la atención, disponiéndoles a hacer algo que no consiste solo en jugar. Esto está cada vez más ausente, no solo de la escuela infantil, sino de la primaria, la secundaria, e incluso a la Universidad se está contagiando, lamentablemente, la idea de que la gente tiene que estar entretenida haciendo cositas que les motiven y seduzcan, naturalmente todo “en equipo”, y por supuesto interactuando online. Ahora bien, estudiar, desde luego, es algo que no puede hacerse en equipo; creo que tampoco puede hacerse eso “en red”. El llamado network está muy bien para muchas cosas, para ahorrar tiempo y desplazamientos, e igualmente reunirse puede ser muy útil para discutir, compartir o contrastar lo que cada uno ha visto… estudiando individualmente».

La pedagogía sin fundamentación filosófica se convierte en pura “ingeniería social”. Resulta muy difícil encontrar una solución cuando la asignatura de filosofía en la enseñanza secundaria está marginada. La escuela necesita promover el estudio y la concentración para lograr el aprendizaje de los estudiantes. El profesor, si realiza esta labor, obtiene la satisfacción inigualable de servir a los jóvenes para que las cosas cambien y mejoren poco a poco social y culturalmente. La solución de los problemas educativos exige que toda la sociedad se implique sin prejuicios ideológicos, y más aún cuando los indicadores señalan lo difícil que es remontar cuando todo va cuesta abajo. Inger Enkvist ha puesto el dedo en la llaga que más aflige al mundo escolar: la crisis del conocimiento. Parece que lo que ante todo ha de preocuparnos es que los escolares aprendan «valores», convivan, interactúen, empleen sus «inteligencias múltiples» y sus diversos «estilos de aprendizaje» para gobernar sus emociones, para llegar a ser tolerantes, democráticos, inclusivos, no discriminadores, sostenibles, resilientes, respetuosos con el medio ambiente, sensibles a la huella de carbono, fervorosos compromisarios contra el cambio climático, el maltrato animal, la homofobia, la transfobia y a favor, valga el anacoluto, de todas las fobias antifobia que casi diariamente nos va descubriendo el arcoiris. Pero todo eso al coste de que los estudiantes dediquen menos tiempo a estudiar, a esforzarse por «saber» cosas. Más aún —esto no lo dicen así, naturalmente, pero en el fondo es lo que piensan muchos pedagogos—, cuanto más limitados sean intelectualmente, mejor, pues para que se comprometan con todas esas causas que ingenieros sociales diseñan pensando no en el crecimiento de las personas que pasan por la escuela, sino en esta como palanca para el «cambio social», lo realmente eficaz es que piensen poco y se movilicen mucho, por supuesto al dictado de ideólogos que trazan el sendero —el único posible, el suyo— hacia un mundo mejor y que cuentan con el poder de convertir sus agendas políticas en currículo escolar.

Para escuchar la realidad es necesario huir de la tecnovaciedad. Es fundamental que el estudiante —y primero los profesores, por supuesto— construya y descubra la verdad mediante las clases o las lecturas. Pensar —como dice el profesor Barrio— que una imagen vale más que mil palabras conduce a una visión materialista de la vida: las palabras están más cerca del espíritu.

El maestro de filósofos Antonio Millán-Puelles —maestro del propio Barrio— señala las consecuencias negativas de pensar que los niños van a aprender sin esforzarse. El «instruir deleitando» es una excelente forma de enseñar, pero no siempre es posible este género de enseñanza, ni son siempre mejores ni más intensos los deleites sin haber vencido antes alguna dificultad. La educación es una introducción a la realidad, que es la mejor manera de preparar para el mundo offline, como dice Catherine L’Ecuyer. El «realismo» nos pide abandonar la posición ombligocéntrica propia de la edad infantil y plegarnos a la realidad antes que «construirla» nosotros. Mostrar esto con eficacia es franquear el acceso a la madurez.

Para dominar humanamente la realidad lo primero que hace falta es reconocerla como es, rendirle el homenaje de escucharla y hacer el esfuerzo —no siempre fácil— de aprender su gramática antes de imponerle nuestra verborrea digital. Como hemos tenido ocasión de ver a lo largo de este escrito, esta actitud general se llama respeto y posee un gran valor humano y humanizador.

No conviene olvidar que el sistema educativo no educa. La educación es algo que hacen las personas, no los sistemas. La educación consiste en ayudar al crecimiento de lo más humano del ser humano; hay que reponer lo intelectual en el lugar preeminente que le corresponde, concretamente ponderar la importancia del cultivo de la inteligencia conceptual. En lo relativo a la universidad, lo que, como institución académica de enseñanza superior, ha de constituir su principal propósito es servir a la sociedad con una provisión de ciudadanos libres, responsables y críticos en el mejor sentido. Las herramientas informáticas suponen un evidente progreso en lo relativo a la disponibilidad de información y la facilidad de acceso a una documentación amplia y variada, pero el aprendizaje intelectual no consiste formalmente en «construir» conocimiento, sino en adquirirlo e interiorizarlo. Rehabilitar el prestigio intelectual y cultural de la escuela —también para que pueda cumplir mejor su función en la sociedad— pasa por poner en el centro de ella la tarea docente y la figura del profesor que enseña materias serias: alguien que sabe de lo suyo y que disfruta dándolo a conocer.

Finalmente, el profesor Barrio opina que no estamos ante una batalla perdida, pero que hay que dar la batalla. Lo mejor es leer este excelente libro, que centra de forma magistral los problemas actuales de la educación, y ponerse en acción. Se trata, además, de una continuación —con nuevos y poderosos argumentos dirigidos al aula— del libro publicado en 2009, El balcón de Sócrates. Una propuesta frente al nihilismo.

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