Educar no es adoctrinar

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La frase que encabeza esta entrada es uno de los epígrafes del libro escrito por Alfonso Aguiló Pastrana, Cuestión de identidad. Una propuesta cristiana para educar en familia y en la escuela. Gran parte de su actividad profesional ha estado dedicada a la gestión educativa, a reflexionar sobre la enseñanza y a promover colegios y proyectos con identidad cristiana. Ha sido director del Colegio Tajamar de Madrid. Preside la Red Educativa Arenales, que integra a más de treinta centros en Europa, África y América, y es también presidente de la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE). Sus escritos se extienden a lo largo de más de cuatrocientos artículos y varios libros sobre educación, sociedad y cuestiones antropológicas. En cada opinión se percibe una voz moderada y reflexiva, siempre dispuesta a decir lo que piensa sin alterar a los probables opositores. Nada fácil de hacer.

Alfonso Aguiló en 2016. Véase su biografía en https://es.wikipedia.org/wiki/Alfonso_Aguiló

La identidad es aquello que nos hace reconocibles aunque el tiempo haya pasado sobre nosotros. Un centro educativo, por tanto, no puede perder su identidad. Algunos padres pensarán que el nombre de un centro de enseñanza y sus paredes conservan esa identidad, pero no es así. Un centro educativo no es reconocible por sus prescriptores si se olvida de la misión que le da sentido. Este planteamiento no supone, en absoluto, que no sean necesarios los cambios, los impulsos creativos o la evolución para responder a los diferentes entornos y contextos.

Tenemos que cambiar, evolucionar y adaptarnos, pero siendo fieles a nuestra identidad: Por otro lado, la identidad es lo que somos, pero se manifiesta en lo que decimos y en lo que hacemos, y también en lo que no decimos o no hacemos. Con todo ello, con las decisiones que tomamos, vamos poniendo en escena aquello que somos, desarrollando nuestra identidad y generando —o no— una unidad y coherencia de vida. La identidad, como dice Aguiló, no es un límite, sino un impulso para la transformación y la renovación de las organizaciones. Es siempre la clave para resolver los problemas que se presentan. Podemos decir que la identidad de una escuela, su ideario, es un punto de partida, una invitación desde la que cada uno recorre su propio camino. Es un resumen del aporte honesto y plural que la institución se plantea hacer a la sociedad, una síntesis que ayuda a definir la relación entre las personas.

Arenales Red Educativa » Señas de identidad – Arenales Red Educativa

Sin duda, educar no es adoctrinar. En el colegio de frailes en el que estudié, la mayoría de los alumnos salían excelentemente preparados tanto en ciencias como en letras. Sin embargo, siempre se ha reprochado —como ocurre en muchos colegios semejantes— la variedad de ideas posteriores de muchos de nosotros, en bastantes casos contrarias o incluso absolutamente contrarias a la enseñanza cristiana recibida. La fe no puede imponerse. Es necesario impulsar el discernimiento personal sin imponer los valores o criterios: Y la enseñanza moral debe ser todo lo contrario al adoctrinamiento. Hay que explicar las cuestiones con apertura, considerando las razones que unos y otros aportan a favor y en contra, facilitando que cada uno llegue, en la medida de lo posible, a discernir por sí mismo la mejor opción moral o ética. Por ejemplo, ayudar a los niños a desarrollar el hábito de decir la verdad, jugar limpio o respetar al diferente no atenta contra su capacidad de tomar decisiones razonadas; al contrario, los buenos hábitos morales refuerzan la capacidad de juzgar con rectitud. Otra de las cuestiones que aborda Aguiló es cómo responder a las nuevas formas de adoctrinamiento social. El uso del concepto “discurso de odio” para limitar la libertad de expresión intenta, en ocasiones, silenciar a determinados grupos, como una nueva inquisición que somete a la hoguera de las redes sociales. No amoldarse a la cultura predominante puede llevar al insulto o al boicot.

Una de las contradicciones con las que se encuentran padres y educadores es que muchos hijos o alumnos no tienen raíces suficientes en valores e ideales de vida. He leído recientemente que existe más interés por estudiar temas financieros que por los enfoques humanísticos. Se olvida que detrás de lo financiero siempre hay ideas que, en realidad, dirigen la acción. La transmisión de la identidad cristiana necesita el ejemplo de padres y maestros: porque toda persona experimenta, con mayor o menor frecuencia, un sentimiento de emulación ante un testimonio humano que se le presenta. Siempre hay momentos en que quedamos deslumbrados por un aspecto concreto de una persona y deseamos, al menos en ese punto, ser como ella. Insiste Aguiló en que, para transmitir la identidad cristiana, no es necesario aprender en un aula que sea una burbuja. Es preciso que los alumnos se desenvuelvan en todos los ambientes y con todo tipo de personas, dentro de la identidad de un colegio: Es triste que hay personas que corrompen a otras, pero siempre existirán, y hay que aprender a actuar cuando eso sucede. También hay que pensar que alguien tendrá que ocuparse de educar a quienes consideramos “manzanas podridas”; no vale, como regla general, optar por que los eduque otro. Además, ese chico o esa chica que hoy parece un mal ejemplo podría ser tu hijo o tu hija, y no te gustaría que la solución fuera el simple descarte. Los grupos homogéneos tienen su eficacia, pero también su falta de estímulo ante quienes son mejores y su falta de preocupación por ayudar a quienes van peor. La escuela cristiana no puede centrarse en exceso en la protección.

La clave está en buenos profesores y profesoras que ayuden a los alumnos a mejorar con paciencia. El autor finaliza el capítulo III recordando la importancia de la literatura y de conseguir, tanto en el colegio como en la familia, que arraigue el hábito de la lectura. La literatura se convierte en un gimnasio en el que se entrena la mirada para aprender de situaciones y personas. Nada humano debería resultarnos indiferente. La lectura es imprescindible para este cometido.

Uno de los aspectos cruciales del libro es el análisis sobre la identidad cristiana y la laicidad en la escuela. Las voces que proclaman la necesidad de una escuela laica buscan, según el autor, imponer desde el Estado una suerte de religión superior. De este modo, el Estado dejará de ser neutral. Lo que pueden denominarse religiones laicas acaban, en ocasiones, en el fanatismo y la intolerancia, y terminan limitando la libertad: Queremos una sociedad verdaderamente libre, no se puede admitir una laicidad de pensamiento único que mire con sospecha a la religión cuando esta es fuente de inspiración para la escuela. Resulta más razonable pensar en una “laicidad positiva”, en la que el Estado procure colaborar con las diferentes confesiones religiosas.

https://www.almudi.org/articulos/16968-estado-laico-laicidad-y-laicismo

El resto de cuestiones que Aguiló afronta son de rabiosa actualidad: el Pacto Educativo Global, la presencia de la Religión en la escuela, el discurso público sobre la identidad, el cuidado del medioambiente, la escuela y la inmigración, la verdadera brecha tecnológica y la idea de una propuesta abierta, no un combate, en referencia a los distintos estilos propios de cada escuela.

El último capítulo se refiere a los valores cristianos y la educación del carácter: la amabilidad en los gestos y en las palabras, la autoridad entendida como servicio, de modo que se genere un ambiente que estimule el desarrollo personal; un lugar donde todos crezcan porque se sienten valorados como personas. Nada debe quedar fuera de la educación del carácter, allí donde se unen el deber y el querer. También se aborda el “postureo”, la imagen que se quiere proyectar en las redes sociales, subrayando la importancia de la franqueza y la naturalidad. Las apariencias, a la larga, acaban convirtiéndose en imposturas.

Finalmente, un colegio con identidad cristiana tiene que hablar con claridad de las cuestiones espirituales —fe y sacramentos—, precisamente porque vivimos en un escenario multicultural. La identidad cristiana se transmite transversalmente al impartir cada clase, en la actitud y el testimonio de cada persona, en los ideales que nos inspiran, pero también debe manifestarse en un plan pastoral que incluya charlas, pláticas, confesiones, adoraciones eucarísticas u otras actividades o celebraciones. Quizá hubo tiempos o lugares en que se daba demasiada importancia a esas actividades pastorales, y otros tiempos o lugares en que se les ha dado demasiado poca importancia. En todo caso, no se trata de oponer la identidad profunda con la actividad pastoral, sino de complementar ambas cosas.

En el último epígrafe, Aguiló se plantea si hay futuro para estos planteamientos y responde que el futuro tiene el nombre de la esperanza. Una esperanza que no es optimismo ingenuo, sino la fuerza de un corazón que sabe mirar el mañana con lucidez.

Optimismo y esperanza.

No pueden perderse la lectura de este libro: profundo, sencillo y absolutamente necesario para no extraviarse en una realidad aparentemente tan compleja.

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