Esta frase, que da título a esta entrada, ha sido expresada por mi amigo, que en paz descanse, el catedrático de Filosofía Rafael Alvira en su libro editado póstumamente titulado Conversar la vida. Cuando nos conocimos, en 1968, las carreras de letras estaban agrupadas en la Facultad de Filosofía y Letras. Tras el Preu y la selectividad se estudiaban dos cursos comunes que era necesario aprobar en su totalidad para poder pasar a las especialidades, la mayoría de ellas ahora han sido convertidas en grados independientes. Aunque era un sistema exigente, se consolidaban los saberes antes de escogerlos. En algunos casos del periodo escolar anterior se tenían matices superficiales cuando no escasos conocimientos.

Ese mismo año 1968 se creó la Sección de Filología Hispánica independiente de la Filología Románica con dos subsecciones una Lingüística Hispánica y otra Literatura Hispánica. Empecé eligiendo las dos especialidades que tenían asignaturas comunes, pero en Literatura Hispánica -cuarto curso- ya encontré trabajo. En el segundo curso de comunes todo estaba ya más asentado y la facultad era terreno conocido. Tuve la suerte de tener ese segundo año como profesores al catedrático Vicente Cacho Viu en Historia de España -sus trabajos más importantes fueron sobre la Institución Libre de Enseñanza y también sobre el catalanismo-; al catedrático y Rector de la Complutense Rafael Puyol, discípulo a su vez del catedrático Juan Manuel Casas Torres, en Geografía; al catedrático de griego Francisco Rodríguez Adrados junto con varios de sus discípulos, y a Rafael Alvira que nos impartió Historia de la filosofía, y finalmente la profesora catedrática Pilar Palomo en Historia de la literatura española. Un conjunto difícil de superar. Puyol y Alvira tenían asignados -por primera vez- una asignatura como profesores titulares. En segundo curso había cuatro grupos de doscientos veinticinco alumnos cada uno: la mayoría eran chicas.

Nuestro grupo era el número dos. Me presenté a las elecciones como delegado de curso: una de las pocas cuestiones en las que se podía ejercer el voto por aquel entonces y salí elegido. La elección se realizó en una de las clases de Rafael. Prometía ser un año académicamente maravilloso pero la Universidad quedó cerrada desde antes de las vacaciones de Navidad hasta el mes de mayo: desórdenes político-estudiantiles. Los libros sustituyeron a las clases, pero los exámenes, a pesar de todo, se realizaron con rigor. Recuerdo todavía una de las inteligentes preguntas de Alvira: Breve panorama general de Aristóteles. No lo había explicado como tal, pero los que contestaban e interpretaban el sentido de la pregunta demostraban saber filosofía.

El prólogo de este libro lo ha realizado el actual Rector del CEU Higinio Marín. Uno de los comentarios más interesantes -el prólogo es magnífico- es el siguiente: Cuando se escuchaba a Rafael Alvira —y estas páginas casi dejan hacerlo— se hacía sentir que su manera de pensar necesitaba de la claridad. Al contrario de la superficialidad que no sobrevive a la claridad, y de ahí que la eluda, la sencillez solo se satisface con la presa bien cobrada: la idea bien aprehendida y el fenómeno cabalmente afrontado. Por eso, la claridad no es solo la cortesía del filósofo, como sentenció Ortega. Se trata, más bien, del apetito del pensar mismo: poder llegar a ser claro y, no obstante, quedar justificado. Como vio Nietzsche, en realidad solo la profundidad puede darse el lujo de la claridad, y, cabe agregar, porque lo apetece desde sí misma.

El libro tiene forma de conversación puesto que en diciembre de 2020 Rafael Alvira se contagió del COVID. Durante bastante tiempo padeció la enfermedad en fase aguda –semanas en la UCI, convalecencia posterior, etc.– hasta su recuperación vital en abril de 2021. Los editores dicen que el texto que ahora se presenta transcribe 13 conversaciones que tuvieron lugar desde el 28 de julio al 27 de octubre de 2023.

José Manuel Grau realiza una magnifica reseña resumiendo certeramente lo que después va a ser un placer leer y pensar. La eternidad se puede producir en un instante pero se necesita un tiempo permanente que le dé el sentido de eternidad. El concepto de límite -filosóficamente hablando- nos ayuda a explicar la Santísima Trinidad: El límite es como un punto espacial, divide sin ser ni lo uno ni lo otro, separa sin ser un tercero. No es un tercero, pero separa. ¿Qué es el límite?: El neoplatonismo cristiano jugó con esa idea admirablemente para explicar la Trinidad: Las personas en la Trinidad son distintas, pero no tienen nada entre medio. Están perfectamente unidas y perfectamente distinguidas, tienen un límite puro. En la Trinidad hay pureza del límite, en este mundo hay límite impuro, pero lo hay. Entonces, como nosotros descubrimos con la inteligencia que Dios nos ha dado nuestro límite, tanto en extensión como en profundidad, eso quiere decir que llevamos dentro de nuestra naturaleza la inclinación al saber. Eso es la filosofía, saber fundamental.

Alvira dice que un hombre culto es un humanista. No un sabihondo o un erudito. A la pregunta de cómo es una persona educada, responde: La persona verdaderamente educada es un hombre que tiene una cultura fundamental y es un sabio, se podría decir. No porque sea el que más sabe del mundo, o porque sepa muchas cosas, sino porque tiene ese poso profundo que es saber, en primer lugar, interesarse por la realidad, y después ponderarla adecuadamente. Es decir, como ya he dicho, yo soy un modesto socrático, y pienso que el método socrático es el método del saber por excelencia.[…] Un caso muy típico es la LGTB. Tú sabes que puedes jugar hasta cierto punto con las células. Pero si supieras el significado profundo de lo que es el ser humano, no jugarías con ellas, te lo impediría una buena filosofía. Es trágico cómo la están suprimiendo. Solo dejan cada vez más saberes parciales, técnicos, incluso la ciencia pura no les interesa tanto. Les interesa formar gente útil. Es terrible cómo los organismos internacionales están guiados por la utilidad. […] En resumen, tanto más verdadero amor al saber tienes, tanto más verdaderamente sabes. Es decir, hay una capacidad de saber que va llenando la vida y va haciéndola crecer, y que te permite a su vez mejorar la comunicación. Puesto que el saber verdadero es igual para todos, tanto más a fondo sabes, tanto más comunicable es lo que tú dices y tanto más captas las otras realidades y las estudias. Como se ha dicho muchas veces, el término latino studium significa mirar con afecto, mirar con amor.

Todas las disertaciones de Rafael en este libro resuenan llenas de sabiduría inmediata y futura. Sobre la educación: «El índice [se refiere al dedo] sirve poco para educar, hay que hacerlo de modo indirecto, y en el fondo el ejemplo es un modo indirecto de educación: que vean cómo te comportas, y entonces terminarán preguntándose por qué has actuado de ese modo». […] Hoy muchos buenos educadores están decepcionados con los nuevos sistemas y dicen que se está favoreciendo que vengan generaciones de analfabetos. Sinceramente, creo que todo esto se fomenta desde los programas de ayuda al desarrollo de Naciones Unidas. Se destinan fondos para ayudar en la educación de muchos países siempre que utilices esos nuevos métodos. En la universidad -dice Alvira- se están perdiendo los maestros. Hay profesores universitarios que en realidad son empleados por una empresa tanto pública como privada: Se nota muchísimo cuando el que manda es un profesor, o el que manda es un maestro: es totalmente diferente.[…] y La formación tiene que ser, como decía Víctor García-Hoz, y como decía también mi padre, personalizada. Eso quiere decir que, en primer lugar, hay que estudiar a la persona a la que vas a educar. Tienes que estudiarla para ver cuáles son en concreto sus fortalezas y sus debilidades.

No encuentro mejores palabras para realizar una síntesis o una exégesis que las expresiones dichas por el propio Rafa Alvira y por tal razón las reproduzco. La verdad, la bondad y la belleza, trascendentales del ser, son colocados por Alvira de diferente forma: Estos tres yo los coloco siempre en este orden: belleza, verdad, bondad. ¿Por qué? Porque la característica de la belleza es su inmediatez. Abres una puerta y lo primero que dices no es nunca ¡qué verdadera es esta habitación!, sino ¡qué bonita! Si dices ¡qué buena!, es solo por comparación con otra que has visto. La belleza, tiene la función de atraer tu deseo.
La finura como análisis sirve para distinguir; al igual que el cuidado del lenguaje es un signo de respeto a los demás, especialmente si va acompañado de la cariñosa sonrisa de Rafa. La familia -reflejada en uno de sus libros imprescindibles El lugar al que se vuelve– debe inspirar la organización de una empresa en el sentido de que uno debe sentirse a gusto, como si estuviera en su casa, pero con la correspondiente exigencia y profesionalidad. Finalmente no podía faltar en este libro su filosofía política: En la medida en que la gente vaya sabiendo qué es la política, porque sea capaz de pensar la filosofía política, a partir de ahí se podrá mejorar, podremos, poco a poco, sobre todo si conseguimos colocar en los puestos decisivo, gente que dé ejemplo y que sepa filosofía política, no solo teórica, sino práctica. Porque el ejemplo cunde mucho cuando la gente ve que los de arriba cumplen, se sacrifican, tienen ideales. No digo que se consiga todo, pero se consigue mucho. Y ese es el único camino, por eso es necesaria la filosofía política. Y debería haber centros de formación, pero no en los partidos.[…] Sin embargo, los partidos de izquierda vienen con la idea de que ellos son un grupo de gente buenísima, que organiza a toda la sociedad por igual. Esto es una falsedad absoluta, pero han conseguido que lo crea muchísima gente, ¡qué le vamos a hacer! Lo cierto es que la democracia, desde su propia formulación, es un galimatías, como diría mi maestro Millán Puelles. Porque si tú pides la mayor libertad posible y la mayor igualdad posible, eso es sencillamente imposible.

Para finalizar reproducimos este análisis/resumen de José Manuel Grau Navarro: Alvira, siguiendo a uno de sus maestros, Álvaro d’Ors, propone cambiar la fórmula libertad, igualdad y fraternidad por la de responsabilidad, justicia y paternidad. La igualdad, como Alvira la entiende, se construye: «Es la consecuencia de los servicios mutuos; los que se sirven unos a otros, libre y mutuamente, se igualan». La verdadera igualdad, como la auténtica libertad, «solo se logra con el servicio». El servicio libera e iguala a los humanos «porque al generar confianza, genera amistad, y la amistad iguala. «Yo puedo no ser mujer, porque me ha tocado ser varón, pero yo soy igual que una hermana mía. Aparte de los lazos familiares, somos amigos. Y eso, dentro de la diferencia, iguala». […] La superioridad de la civilización cristiana «se muestra en la absoluta imposibilidad de la otra opción». Por ello, «cuando no se sabe vivir con la suficiente radicalidad la civilización cristiana se deja vía libre al triunfo cultural de la modernidad. Todo esto es un estímulo que nos empuja a los cristianos a luchar para recuperar la hegemonía cultural perdida».

Ha sido un placer leer este libro. Ha sido como si estuviera escuchándole en una conferencia o en una conversación personal. Sin vacilaciones, con su humor sonriente y una fina ironía que te hacía sentirte cómplice. No se pierdan su lectura. Me lo agradecerán y querrán leer más del maestro Alvira. Estuve en el velatorio previo a su entierro en 2024. Le besé en la frente para agradecerle lo mucho que sus ideas y su persona me habían ayudado.

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