A los que escriben para que otros firmen se les llama ahora “ghostwriter”

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“Nos apasiona escribir y nos entusiasma cobrar”

Pero desde hace muchos años con tintes racistas se les ha denominado como “negro literario”. Una apasionante actividad que personalmente he realizado en algún momento profesional más bien como ayuda a alguna mente cerrada. Por ejemplo, escribir o colaborar en la preparación de un discurso para que lo pronuncie un político, un empresario u otra persona de mi entorno que lo necesitase. Como dice Antonio Astorga:  El «negro literario» es una figura legendaria que ha puesto, y pone, su pluma al servicio de la escritura de otra persona. Los escritores de alquiler habitan en el olvido, pero han contribuido a construir obras maestras. A los redactores de discursos se les llama logógrafos. Es un oficio con mucha tradición en España. Un auténtico oficio de redactor cuyos nombres – salvo excepciones- han de permanecer ocultos. La cuestión fundamental es que han de salvaguardar -estos logógrafos- las revisiones y recomendaciones del márquetin político o empresarial: no se te ocurra “atacar” hablando de esto, ni menciones -por supuesto- este tema porque perderás votos o bien apoyos o bien lo contrario: insiste en esta cuestión que nos está dando muy buen resultado según las últimas elecciones y prospecciones marquetinianas.

Los logógrafos ya existían en la Antigua Atenas.

Antes de analizar las diversas variantes prácticas sobre el tema, parece conveniente hacer un recuento de nomenclaturas: colaboradores/as, negros/as literarios, ghostwriter/escritor fantasma, arquitectos/as literarios, profesionales anónimos/as de la escritura, escritores/as profesionales en la sombra, mercenarios/as de las letras. Por supuesto, -según los casos- cobrando por adelantado para empezar y la otra parte al terminar. Depende. Se puede empezar por la novela: Alejandro Dumas (1802-1870) presumía de tener «colaboradores» como «Napoleón generales». Auguste Maquet, su «cuarto mosquetero» literario, trabajaba mas de catorce horas al día, como el resto de los más de 70 colaboradores del escritor universal francés, que preparaban un primer lienzo con información, argumentos y situaciones de personajes para que el mago Dumas le diera el «color» final [unas 300 obras aproximadamente]. Maquet deja constancia del contrato: «de las siguientes obras que hemos escrito juntos, a saber: El Caballero de HarmentalSylvandireLos tres mosqueterosVeinte años despuésEl conde de MontecristoLa guerra de las mujeresReina Margot y El Caballero de la Casa Roja, quedando usted, de una vez por todas, plenamente indemnizado según nuestros acuerdos verbales». Los lectores querían leer a Dumas y todavía lo queremos seguir haciendo. Las editoriales lo tenían y lo tienen claro. Como cuenta Antonio Astorga en su entrevista: Maquet solicita, además de la coautoría, la asignación de la mitad de los derechos de autor [ochenta centavos la línea, 5.626 líneas por volumen, 20 tomos, 52.000 francos de oro, como detallaba el escritor y crítico literario mexicano Christopher Domínguez Michael en la revista Letras Libres] y la unión de su nombre al de Dumas; el Tribunal denegó esta última petición, pero impuso a Dumas la obligación de indemnizar a Maquet con una generosa cantidad de francos; este continuó trabajando para Dumas durante cuatro años más hasta 1862, cuando Maquet emprendió un camino en solitario hacia el olvido. […] ¿Cómo arrancaba día a día la fábrica de novelas de Dumas? Sus «colaboradores» investigaban y preparaban el argumento, las tramas, los personajes; un primer borrador que Dumas limpiaba, fijaba y daba esplendor, otorgándole un «color» magistral a sus obras: una sólida narración, unos diálogos deslumbrantes, una acción desbordante, unos protagonistas esculpidos hasta la inmensidad, como el David de Miguel Ángel. La obra de Dumas es inmortal, invencible, inigualable, universal. Él ha sido y seguirá siendo uno de los autores más leídos en la historia literaria; frente al inicial desdén de la crítica, se impone el universo Dumas en toda su abrumadora humanidad.

Alejandro Dumas

Como se ha comentado, Maquet inició en solitario su camino hacia el olvido. Con un salto en el tiempo de dos siglos nos encontramos con la figura del escritor estadounidense Tom Clancy (1947-2013). Muchas de sus novelas han sido superventas superando los 100 millones de ejemplares. Algunas de ellas se han llevado al cine con gran éxito de taquilla. La demanda de nuevas novelas de Clancy llevó a su editorial a contratar “negros literarios” que escribieran como Clancy.

Tom Clancy

¿Cómo se convierte un escritor en “negro literario”/ ghostwriter? Contesta a la pregunta el escritor Teo Palacios: Habitualmente se requiere tener ciertos contactos en el mundo editorial. Es muy común que sea una editorial la que contacte con alguno de sus escritores de fondo, aquellos en cuya calidad literaria confía pero que por el motivo que sea no son muy conocidos. Se elige en función de multitud de aspectos: que el estilo del autor esté en consonancia con el proyecto; que el escritor sea de fiar a la hora de mantener el secreto; su eficacia y rapidez, ya que suelen ser trabajos con fecha de publicación… No es algo que se le ofrezca a alguien que todavía está aprendiendo en un curso de literatura, sino que se busca a autores que ya están rodados. El libro puede ser de cualquier tipo, incluso novelas, aunque lo que más abundan son las biografías. No podéis ni imaginaros cuánta gente hay que cree que su vida es lo bastante interesante para ser convertida en un libro. Gente que quiere dejar un legado escrito a sus hijos, como un álbum de fotos literario en el que plasmar sus recuerdos. Pero, por supuesto, cuando pensamos en negros literarios no podemos dejar de imaginar los libros de los políticos y famosos de turno. Todos los presidentes que hemos tenido en España han sacado su libro de memorias, y nadie duda de que no los escribieron ellos. O los de esas celebridades de la farándula, o de los youtubers. Sí, hay mucho trabajo como negro literario, os lo aseguro. Si se trata de escribir la biografía de otro es un trabajo laborioso, que necesita documentación, escuchar, grabar, volver a oír, por supuesto escribir las paginas previstas hasta que todos queden contentos. Incluso -algunas veces- hay que irse a vivir con el biografiado/a durante un tiempo, suponiendo que tenga una casa grande, mansión, finca, etc. Conozco el asunto más o menos, puesto que recibí una semioferta para trabajar un año en un apartamento dentro de una finca, para realizar una biografía de un personaje. Naturalmente la propuesta la recibí, una vez que me jubilé de mi trabajo como universitario. Pero no me interesó y no precisamente por cuestiones económicas.

Podemos coger otro tema, el de aquellos escritores famosos que empezaron como “negros literarios”. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa en París aceptó el encargo de una viajera peruana (Cata Podestá, Pieles blancas y negras) que quería ver reflejadas por escrito sus experiencias en África. Vargas Llosa cuenta en una obra de teatro este “trabajito”, Kathie y el hipopótamo (1983). También en París, Paul Auster tal y como se lo contó a Antonio Astorga cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias de Letras: Amarrado al «smoke», humo negro, de un finísimo puro y a una copa de agua, inventor de soledades, militante del azar, Paul Auster, el amigo americano que mejor experimentó con la máquina de escribir, hablaba de sus fantasmas, y A salto de mata, revelaba que había sido un escritor «fantasma»: —Es cierto. Un «negro» literario. Lo necesitaba para comer y sobrevivir. Fue en París. También trabajé como traductor y como cuidador de una finca.

Mario Vargas Llosa

El autor del artículo nos cuenta junto con el entrevistado el increíble caso de María “Martínez Sierra”. María de la O Lejárraga escribió las obras de teatro que estrenaba su marido Gregorio Martínez Sierra. De novios publicaron dos libros (El poema del trabajo y Cuentos breves). Uno con el nombre de su marido y otro con el suyo propio. El de Gregorio recibió innumerables elogios; el suyo ninguno: «Sufrí tanto con esta indiferencia, que juré por todos mis dioses mayores: “No volveréis jamás a ver mi nombre impreso en la portada de un libro”. Esta es una de las poderosas razones por las cuales decidí que los hijos de nuestra unión intelectual no llevaran más que el nombre del padre. Anciana y viuda, he tenido que proclamar mi maternidad para poder cobrar mis derechos de autor, ya que de ellos vivo».

Imagen de María de la O escribiendo ante la atenta mirada de Gregorio

Rubén Darío tuvo también su “negro literario” al que no pagaba a tiempo según se desprende de la correspondencia entre ambos. También es mencionable el escritor Alejandro Sawa que inspiró a Ramón del Valle-Inclán el esperpento teatral Luces de Bohemia. Rubén Darío le debe mucho a Alejandro Sawa cuando coincidieron en París. Pero Alejandro Sawa fue un “negro literario” relativo (conviene releer o ver en una grabación las doce escenas de Luces de bohemia para entender su figura a pesar de las miserias sufridas, engaños y desprecios: no fue un “negro literario” propiamente dicho, pero le hubiera venido bien que le pagaran para serlo).

Alejandro Sawa

Como se refleja en el resumen de la larga entrevista que el periodista cultural (26 años en ABC ) Antonio Astorga ha realizado al escritor Fernando Iwasaky, termina señalando que el problema va a ser ahora el “negro académico”. El tema -hasta hace poco- consistía en preguntar a una empresa especializada en trabajos universitarios bajo demanda: ¿Cuánto me cobrarían por hacerme la siguiente investigación o este trabajo que me han pedido? El resultado -absolutamente degradante- no es igual que la ayuda para escribir una novela, es un delito perseguible que ha hecho dimitir a muchos políticos por falsear su tesis y expulsado del “alma mater” a muchos universitarios. El negocio ha entrado en crisis con la IA. Por tanto, la vuelta a los exámenes orales va a resultar inevitable. Pero este tema, como el de la ayuda a la investigación o a la recopilación de materiales preanálisis, es otra cuestión de la que ya hablaremos más adelante.

Antonio Astorga presentando su libro sobre el escritor Francisco Ayala. También es autor de la gran biografía de Mingote: Mingote reservado. El taller desconocido de un genio.

Terminamos con este testimonio de Rafael Compte, escritor experimentado en esta actividad de escritor fantasma: “Soy discapacitado y vivo aceptablemente bien gracias a la escritura fantasma. Como ya estoy por retirarme, quiero pasar la posta a colegas periodistas, creativos y escritores con discapacidad, para que ellos también puedan vivir de la escritura. El mercado de clientes es enorme. Literalmente infinito. ¿Existe alguien que no quiera poder plasmar sus vivencias, su historia personal o familiar y sus sueños en un libro, sea de ficción o no ficción? Colegas de los Estados Unidos hicieron una encuesta donde los resultados son muy alentadores: el 80% de los encuestados si pudiera contrataría a un o una ghostwriter”.

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