“El ser humano es el único ser lingüístico, es decir, espiritual”

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«La grandeza de la pintura de Velázquez es muy distinta a la “grandeza” de Trump»

Las palabras son más poderosas que la muerte puesto que conducen a la esperanza y a la grandeza de espíritu. Tanto el título de la entrada como la frase anterior pueden leerse en el libro de Rob Riemen  (Países Bajos, 1962) que lleva por subtítulo Cuentos de verdadera grandeza. El ensayo de Riemen se desarrolla en torno al humanismo como piedra angular para que la idea de Europa pueda sustentarse. Especialmente en un contexto en el que Trump ha señalado a sus líderes como débiles que caminan inexorablemente hacia la decadencia. Para demostrarlo en la práctica, en poco tiempo ha sucedido lo siguiente ante una Europa asombrada: Venezuela y Maduro. [¿intervención legítima o ilegítima?, captura pero no invasión, ayuda a una nación destrozada, ¿cambios en la política gubernamental? ¿Y la oposición al régimen chavista? Demasiadas incógnitas que necesitan por lo menos unos meses de 2026 para ser contestadas.] Y hace dos días, se ha manifestado el deseo de Trump de apropiarse Groenlandia: estrategia y explotación de recursos están detrás de tal determinación. Europa cierra filas con Dinamarca, pero…

Visitar Groenlandia

Lo que viene a decir el neerlandés Riemen es que la única salida no es bélica sino de ideas humanísticas [Entre sus principios no se encuentra aquello de que el fin justifica los medios.] Los análisis se realizan en forma de cuento [relato]/ensayo recorriendo escenas y pensamientos de grandes personajes que a través de sus escritos o sus hechos han contribuido en el siglo XX a sustentar la necesidad de una civilización europea basada en el humanismo. Tal es el caso entre otros de Thomas Mann y de Antoine de Saint-Exupéry.

Antoine de Saint- Exupéry y El Principito

Reflexionando sobre los últimos días de Mann, señala el ensayista Riemen: Uno de esos peligros sería «la rebelión de las masas», que es cuando se prohíben la formación espiritual y los valores morales, la educación se convierte en una manera de ganar (mucho) dinero y la ciencia es el dominio exclusivo de especialistas que solo están al servicio de lo útil y del mundo del poder. Otro es el peligro de que reinen el dinero y la corrupción y todo gire alrededor del materialismo y las luchas de poder. O el peligro de los medios de comunicación que atrapan al público con una combinación de estupidez y chabacanería. O el peligro de no reconocer que el hombre es una criatura no meramente social sino también metafísica, y con ello de negar que solo con la religión, la filosofía, las artes, la ciencia —y no la política o la economía— se puede conseguir que el individuo se sienta verdaderamente realizado. O el peligro de una sociedad secuestrada por la agresiva intolerancia doctrinaria de todo tipo de activistas con su «politización del espíritu», que obliga a la cultura y a la formación espiritual a ceder su lugar a la ideología y la doctrina. O el peligro de creer que las instituciones pueden contrarrestar el ocaso de una civilización; Mann está convencido de que ese ocaso solo puede combatirse en una sociedad donde haya personalidades que hayan interiorizado la acertada definición que Goethe dio de lo que es una civilización: «Es un ejercicio permanente de respeto. Respeto por lo divino, la tierra, por nuestro prójimo y también por nuestra propia dignidad». [Era necesario reproducir el párrafo completo para poder entender a Goethe]. El resto son algunas reflexiones sobre Mann y sus últimos días en el hospital acompañado por Katia su esposa. Uno de los días en los que Katia agotada no está junto a su cama, el médico que le atiende se sienta al lado de Mann y le pide que firme un ejemplar de una primera edición de La montaña mágica. Mann escribe lo siguiente como dedicatoria: ¡La palabra vencerá a la muerte! [Solo quien ha tenido la suerte de haber sido tocado por la amistad o el amor en tiempos de dolor y congoja sabe por experiencia que hay una palabra que derrota a la muerte.]

Katia y Thomas Mann en 1929. Un amor matrimonial que tuvo como fruto seis hijos. Katia le acompañó hasta su final.

Saint-Exupéry es otro de los humanistas europeos de referencia. Es contratado por la editorial norteamericana que traduce sus obra al inglés para vivir en Nueva York. Sus experiencias como piloto le sirven para hablar de una Europa que avanza hacia un desierto espiritual. El lujo es oropel. Y el verdadero lujo son las relaciones humanas. En un viaje en tren cuenta que los asientos de primera clase están casi vacíos. En cambio los de tercera clase están hacinados de personas.

Señala que lo que le angustia es que en esta situación florecen los regímenes sanguinarios que no quieren saber nada de la libertad, la verdad ni la dignidad. Al final, como base de estas reflexiones escribe una novela sobre los riesgos vividos por su escuadrilla para defenderse de la invasión nazi (Piloto de guerra, 1942). Algunas de sus pensamientos empiezan a mover los ánimos estadounidenses de ayudar a Europa: Pues, después de todo, ¿por qué combatimos aún? ¿Por la Democracia? Si morimos por la Democracia, nos solidarizamos con las Democracias. ¡Que combatan entonces con nosotros! Pero la más poderosa, la única que hubiera podido salvarnos, se excusó ayer y se excusa hoy todavía. Bueno, está en su derecho. Pero con ello nos indica que combatimos tan solo por nuestros intereses. Y nosotros sabemos que todo está perdido. Entonces ¿por qué morimos aún? [Finalmente EE.UU. entra en guerra contra Alemania].

El desembarco de Normandía

La consolidación de sus principios humanísticos se refleja con toda claridad en El Principito: «Los hombres de tu tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan. Y, sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua». […] «Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón».

El poeta Hugo von Hofmannsthal(1874- 1919) apunta en su cuaderno esta historia ilustrativa del título de este libro, La palabra que vence a la muerte: Tras haberse sofocado el levantamiento de los bóxers en China, a principios de este siglo, un oficial alemán se topó, al final de una larga fila de chinos que eran conducidos a la guillotina, con un hombre que estaba muy concentrado en la lectura de un libro. El oficial le pregunta: «¿Qué está leyendo?». El hombre lo mira y le pregunta, irritado: «¿Por qué me molesta?». A lo que el oficial contesta: «¿Cómo puede estar leyendo un libro justo ahora?». Y el hombre le dice: «Sé que cada renglón leído es un enriquecimiento».

Balada de la vida exterior está escrito por el poeta alemán Hugo von Hofmannsthal

En el último capítulo, Ser utopista en tiempos distópicos el autor analiza un tema interesante que hace tiempo venimos arrastrando en nuestros días sin ponerle solución: Véase, por ejemplo, la negativa a llamar «fascismo» a las ideas políticas que ganan cada vez más terreno en Occidente. Se recurre más bien a términos como «populismo», «derecha radical» o «derecha alternativa», que, no obstante, niegan la realidad. Sin embargo, hombres sabios del pasado como Confucio y Sócrates ya sabían que, si se quiere comprender algo y actuar en consecuencia, hay que llamarlo por su nombre correcto. La realidad es que en Europa, Norteamérica y Sudamérica están resurgiendo con fuerza un espíritu cultivado por demagogos y un orden social en que el individuo debe ceder su lugar al colectivo; en que los valores espirituales y morales son reemplazados por una política de temores y deseos; la compasión, por una política de odio y chivos expiatorios; […] Menos de un siglo después del fin de la Segunda Guerra Mundial, vuelve a ser despreciado, perseguido y, donde sea posible, exorcizado el espíritu democrático, con su separación de poderes, cuyos mandatos son limitados en el tiempo, y su anhelo de que una gran diversidad de seres humanos pueda convivir en libertad, paz y dignidad.

La demagogia

Por último, profundiza en la historia del pedagogo Janusz Korczak. Korczak, en el gueto de Varsovia había quedado a cargo de 200 niños judíos. La ilusión de poder aplicar sus teorías para poder ayudar a los niños, le llevaron a aceptar la expedición ordenada por las SS que sólo iba a durar un día y que acaba en Treblinka -donde fueron asesinados casi un millón de judíos de origen polaco mayoritariamente- . Tan terrible es este recuerdo que la pedagogía de Korczak queda un poco olvidada: «El niño razona y entiende del mismo modo que un adulto; tan solo carece de su bagaje de experiencias».

Únicamente la piedra de Korczak lleva su nombre.

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