A mis soledades voy,
de mis soledades vengo; (Lope de Vega)
En Soledad sin solitud de Andrés Ortega (ganador del último premio Jovellanos 2025) se considera que ambas sensaciones son una experiencia subjetiva. Ya que es posible sentirse solo aunque se esté rodeado de personas (ancianos en una residencia o un joven que se siente solo y entristecido por una ruptura amorosa aunque esté rodeado de amigos). La soledad se puede buscar. De hecho la persigue gente famosa que vive expuesta a las miradas constantes de los fans o de los curiosos. Más o menos esto es lo que quiere expresar Ortega: Desde hace un tiempo, los dispositivos portátiles y otros medios de comunicación nos inundan, nos bombardean con los pensamientos, si así se pueden llamar, de los demás o de las máquinas. Estamos perdiendo la solitud sin percatarnos de ello, cuando lo que hay que hacer es defenderla, lo que requiere disciplina y arte. Es más, la solitud [el autor emplea esta palabra –en desuso– para expresar la soledad deseada y buscada] puede ayudar a conllevar algunos de los efectos perversos de algunas soledades o a luchar contra ellos.

Las personas dependientes, o bien enfermas -vulnerables por tanto- no pueden quedarse solas. Suponen para la familia que les cuida un esfuerzo económico y un sacrificio personal que con frecuencia es difícil de conciliar con la vida profesional, matrimonial, etc. Incluso muchos cuidadores/as llevan una vida solitaria, cansada y, por tanto, necesitan ser cuidados a su vez.

Ortega pone como ejemplo de retirada de la vida privada al creador del ensayo, Michel de Montaigne. Considera que la mirada hacia el propio interior es algo personal e intransferible. Cita como referencia la biografía de Stefan Zweig al señalar que su retirada del mundo -se refiere a Montaigne- no le privó de tener muchísimos amigos. Sin embargo, releyendo los ensayos de Montaigne pienso que progresivamente empezó a sufrir melancolía, retraimiento y tendencia a la introspección. Intentó moderar esta reflexión personal -aunque constatable- al considerar que es un ejemplo literario dentro de la libertad que está permitida en el concepto de ensayo como el escrito por Ortega y la biografía de Zweig. Un poco más adelante, Ortega expresa estas interesantes palabras citando a Carl Newport al definir solitud: «un estado en el que no empleas casi tiempo solo con tus propios pensamientos ni estás libre de los inputs de otras mentes». La gente se acostumbra a vivir sin solitud, en detrimento de su bienestar —por no hablar de felicidad— o incluso de su propia productividad. Quizás lo que daña la salud no es tanto sufrir más soledad como gozar de menos solitud. La gente se acostumbra a vivir sin solitud. Los más jóvenes nacen y se desarrollan sin solitud, lo que tendrá consecuencias aún insospechadas.

Según Ana Zarzalejos el adjetivo solo es muy frecuente en numerosos análisis sociológicos y antropológicos del siglo XXI: madres solas, menores migrantes solos, mayores solos, enfermos solos, jóvenes solos…
La soledad de los ancianos/as que viven solos es una de las más frecuentes. Sus años -si han pasado ya muchos- han ido reduciendo el número de amigos/as ya que muchos de ellos han muerto, e igualmente sucede con bastantes familiares. El anciano/a se puede refugiar en una cierta tecnologización (series en plataformas, móviles, etc..) pero no resuelve la soledad de una dificultosa -para ellos- tramitación administrativa digital: A esto se le suma que el modelo de familia ha ido cambiando y cada vez más personas llegan a la vejez sin pareja. También es menos frecuente que los mayores vivan en casa de sus hijos, en parte porque está aumentando el número de los que no los han tenido.

Otro de los temas recurrentes -que también señala Ana Zarzalejos- es la soledad de muchos jóvenes. Teóricamente lo tienen todo para vivir en esta sociedad, pero muchos se sienten al margen: En primer lugar, los jóvenes se ven bombardeados por discursos que equiparan felicidad a bienestar. Y ese bienestar, cuanto más individual sea, mejor. La soledad que genera el uso continuado de las redes sociales es importante; ya que la amistad se vacía poco a poco, especialmente porque la felicidad no coincide con el bienestar.

Igualmente también cabe hablar de la soledad en las relaciones interpersonales de la familia. Bailar con la soledad lo llama el sociólogo José María Rodríguez Olaizola que señala un hecho importante: “Una de las soledades contemporáneas más novedosas tiene que ver con la pérdida de lo generacional, con lo que yo llamo biografías líquidas”, señala. “Hasta hace bien poco había muchos elementos generacionales que hacían que toda la gente de una misma edad y de contextos parecidos pasara por las mismas experiencias al mismo tiempo. Había una edad para parecer joven, una edad para casarse, una edad para tener hijos…”, reflexiona. Sin embargo, estos elementos de cohesión ya no existen, y los jóvenes se enfrentan a un contexto en el que les cuesta cada vez más encontrar a un semejante, lo que agudiza su dificultad para “identificarse con el otro, conocerse y reconocerse”.

La soledad no puede estar permitida por la marginación social por diversos y múltiples motivos. Desde el Estado se tiene que intentar solucionar este problema por lo menos en alguno de sus aspectos. Sin embargo, la generosidad social de las personas tiene que llegar hasta la soledad de la pobreza, algo que el Estado no puede arreglar únicamente con organizaciones. El hombre o la mujer que quieren ayudar se convierten en seres felices ellos mismos y dan un respiro para aquellos que son ayudados: Como dice Zygmunt Bauman en La teoría sueca del amor el famoso documental que trató la soledad y el individualismo en el país nórdico: “Lo que no te puede proporcionar el Estado es estar con otras personas”.

Hace pocos días Fernando Rodríguez Borlado consideró que hablar de epidemia de soledad resulta exagerado. Al tiempo que al estar repitiendo continuamente este mantra puede hacer crecer el problema sin razones objetivas: Sin embargo, en estos diagnósticos se echan de menos algunos matices: ¿Hay evidencias “objetivas” de ese empeoramiento? ¿Existe una relación directa entre los datos cuantitativos –la cantidad de contactos sociales que mantenemos– y los cualitativos –cómo de solos nos sentimos–? ¿Qué factores influyen en unos y otros: la edad, el nivel de ingresos, el sexo, el estado civil? ¿Sucede lo mismo en todos los países?
Es necesario comprobar algunos de estos factores: desde el nivel de ingresos, las relaciones de pareja e incluso la orientación sexual. Así lo resume el autor: Si tuviéramos que adivinar qué grupos experimentan más soledad en las dicotomías ricos-pobres, titulados universitarios-abandonos prematuros de las aulas, empleados-desempleados y casados-solteros, probablemente diríamos que el segundo de cada pareja está por delante en lo cuantitativo (quedan más con sus amigos) pero por detrás en lo cualitativo (más sensación de soledad). […] Vale la pena fijarse en la tasa de soledad (autopercibida) de los solteros y los que viven solos, cuatro veces mayor que las de sus grupos opuestos y más abultada que la de otros sospechosos habituales: los jóvenes y los hombres. […] Otro dato interesante que trae el informe es que las personas con orientación sexual LGTB tienen el doble de probabilidades de sentirse habitualmente solas que las heterosexuales, y un 50% más de tener un tipo de apego “ansioso” en la pareja (pensar que si se acercan demasiado pueden salir heridos), algo que también se extiende a sus relaciones sociales [Los datos a los se refiere Rodríguez-Borlado pertenecen a un informe de la OCDE recogidos en más de 25 países -2022 y 2023-].

Rodríguez-Borlado sintetiza de esta manera el problema: aumentan los resultados de encuentros remotos y disminuyen los encuentros cara a cara. Pero el tema clave es la soledad de los jóvenes. Insiste el autor en no propagar ninguna sensación de alarma. Por supuesto, en no pensar que todo puede resolverse desde la política y sus posibles medidas. Hay cuestiones culturales, éticas e incluso religiosas: no creer en Dios o considerar que uno es más feliz sin pensar en los demás. Ahora que estamos cerca de la Navidad conviene mirar el Portal de Belén y recibir su mensaje: Jesús, María y José enseñan humildad y pobreza [ la sobriedad es necesaria aunque no nos falte de nada ] Jesús nace desvalido en una familia pobre; María acepta con humildad ser madre de Dios, y José asume su papel con confianza en el Señor. Nos invitan a desprendernos de lo material y a vivir la caridad y el amor familiar.

La IA está ayudando a través de la creación de chatbots de compañía, espacios de coworking, viajes compartidos, etc. No conviene olvidar que aunque se intenten elaborar estrategias de todo tipo, el problema reside en un cambio de valores por parte de la sociedad.

Pero ya que hemos hablado de la ayuda procedente de la IA, no conviene utilizarla bajo ningún concepto si se sienten algunos de los siguientes síntomas que pueden nombrarse, de forma genérica, como desesperación: ver la vida como insoportable, como una ingestión continua de dolor, sin esperanza y sin salida por tanto. Para situaciones como estas, es necesario un rostro amable que brinde su ayuda, acudir a alguien inmediatamente que les acompañe al médico -a urgencias si es necesario- hasta que recuperen su propio ser.


Deja una respuesta